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Nadie duda de la
influencia que tiene sobre nosotros la manera en la cual hemos sido tratados por
nuestros padres. Nuestra relación con nosotros mismos está signada por la
influencia positiva o nefasta de nuestra educación. Para bien y para mal,
terminamos tratándonos de la misma forma en la que hemos sido tratados.
Como si fuésemos empujados por una fuerza irresistible, derivamos esta
influencia educativa a nuestra forma de tratar a los demás. En general tendemos
a tener con los demás, sobre todo con los más cercanos afectivamente, una
relación acorde a la que tenemos con nosotros mismos.
De allí que a la hora de pasar revista a nuestros problemas de relación con
nuestra pareja, amigos y hasta en el entorno laboral, sea siempre fundamental
analizar la relación de cada uno consigo mismo. Para decirlo más
provocativamente como es mi costumbre, quien dice que quiere mucho a los demás,
pero nada así mismo, miente por lo menos en una de esas dos afirmaciones.
Una de las respuestas al misterio de por qué queremos a algunas personas y no a
otras es el llamado proceso de la proyección identificativa. Según esta teoría a
la que me adhiero, cuando conocemos a alguien a quien llegaremos después a
querer, percibimos-o creemos percibir- en él o en ella algún aspecto-o más de
uno-que "se parecen" a los que conocemos de nosotros y que definen aquellas
cosas nuestras que más nos gustan de lo que somos. Algo así como: proyecto y veo
en ti-las tengas o no-muchas de las cosas que más me gustan de mí y por eso me
identifico contigo en esos aspectos en que somos iguales. El siguiente paso es
desplazar un poco del amor que aprendí a sentir por mi hacia ti, que por lo
dicho eres como yo.
El proceso de identificación, como acabamos de decir, no implica que tú seas
realmente como yo te veo, ni siquiera precisa que yo tenga esas cosas con las
que me siento unido contigo. Quizás proyecto y veo en ti no solo lo que yo tengo
sino también y especialmente lo que me gustaría tener, la manera como me
gustaría ser y algunas virtudes que ambiciono y de las que carezco.
Con nuestros hijos no necesitamos proyección alguna, ni tomarnos el trabajo de
imaginarnos que somos iguales, la sensación de que son parte de nosotros es
automática e inevitable. Los hijos son, en este sentido, una excepción, pero
nuestra capacidad de amarlos y cuidarlos tiene también estrecha relación con la
manera en la que somos capaces de cuidar-nos y querer-nos.
Será más fácil comprender, si pudiste seguir mi razonamiento, por que sostengo
que si un padre o madre no ama a sus hijos, algo debe de estar muy perturbado en
él o ella, más allá de lo que esté mal en los hijos. De hecho, creo que hay
solamente tres cosas que yo decretaría como imprescindibles para una pareja
antes de decidirse a tener un hijo-incluyendo, claro, la decisión de adoptar un
hijo-Mucha claridad en la motivación que empuja esa decisión, conciencia total
de la irreversible responsabilidad que implica esa decisión y por último, una
razonablemente buena relación de cada uno de los progenitores consigo mismo.
Por lo dicho, es impensable poder amar a otros sanamente si no somos capaces de
cultivar un genuino amor por nosotros mismos. Es muy poco probable que alguien
que sea incapaz de sentirse valioso, pueda verdaderamente valorar a los que le
rodean. En un clásico análisis neurótico, algunas personas van detrás del
encuentro con un hombre o una mujer que les interesa o les atrae, pero
desprecian el vínculo cuando la persona objeto de su deseo finalmente se
aproxima.
RECONOCER LOS LÍMITES:
El respeto por los demás empieza por el autorrespeto y esto conlleva no solo el
conocimiento de las propias necesidades y limitaciones, sino también la
capacidad para poner límites y aceptar o respetar los que otros nos ponen.
Si no somos capaces de declararnos libres de estar o retirarnos de decir de o
callar de compartir lo que sentimos o de guardarlo en nuestro corazón, ¿cómo
podríamos conceder a otros esos derechos? Si nos asusta correr algunos riesgos,
por el temor a las consecuencias, es muy posible que nos enojemos con aquellos
de nuestro entorno que sean más arriesgados o más aventureros que nosotros.
¿Cómo aprender a compartir la risa y el buen humor, que no sea burla ni una
falta de respeto, si no somos capaces de desarrollar una auténtica habilidad de
reírnos de nosotros mismos y de nuestras tonterías cotidianas?
¿Cómo confiar en la honestidad y sinceridad de quien es hoy nuestro compañero o
compañera de ruta si nosotros sabemos que no somos confiables ni auténticos?
UNA MIRADA OPTIMISTA:
Alguien con una mirada positiva del mundo se anima a enfrentar situaciones
nuevas, porque ve su realidad llena de oportunidades favorables y desde allí,
puede compartir su optimista visión del futuro.
Una persona negativa vive rodeada de amenazas, algunas reales y otras
imaginarias, con las que condiciona sus vínculos más queridos y transmite a los
demás los mismos condicionamientos que se repite a sí mismo, privilegiando lo
que le falta a cada situación en lugar de festejar lo que la vida le acerca. Es
obvio que quien no confía en sí mismo encontrará muy difícil confiar en alguien.
Quien abandona lo que quiere ante la primera dificultad esperará el abandono de
los otros ante el más mínimo de los desencuentros. Aunque parezca mentira,
parece que preferimos confirmar nuestras malas profecías que asistir con
sorpresa al descubrimiento de que, por una vez, las cosas salen bien.
LOS QUE APRENDEN LOS NIÑOS:
Hace muchos años, Dorothy Law Nolte, una maravillosa poeta, dijo esto y más en
este impresionante texto que reproducimos resumido y adaptado, que sirvió de
estandarte para muchas de las instituciones que en el mundo se ocupan de las
relaciones familiares. Lo llamó "Los niños aprenden lo que viven".
LOS NIÑOS APRENDEN LO QUE VIVEN
Si los niños son educados entre reproches, aprender a condenar.
Si son educados con hostilidad, aprenden a ser agresivos.
Si viven con miedo, aprenden a ser aprensivos.
Si son tratados con lástima, aprenden a auto-compadecerse.
Si son puestos en ridículo, aprenden a ser tímidos.
Si viven en competencia, no aprenden a compartir.
Si son regañados por sus errores, aprenden a sentirse culpables.
Si viven carentes de estímulo, aprenden a no confiar en sí mismos.
Si no conocen el reconocimiento, no aprenden a valorar a los demás.
Si son educados sin aprobación, aprenden a buscar relaciones tóxicas.
Si viven de mentiras, no aprenden el valor de la verdad.
Si son tratados sin amabilidad, nunca aprenden a respetar a los otros.
Si los niños crecen en un entorno de seguridad, aprenden a no temerle al futuro.
Y si viven sus años más tempranos rodeados de amor sincero, aprenden que el
mundo es un maravilloso lugar donde vivir.
JORGE BUCAY
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