Ancianos Solitarios                               

 

 

Publicidad

 

En un lugar del planeta, sobrevive un hombre de mirada triste y cansada. Un hombre abandonado de todos, a quien nadie habla ni escucha, a quien nadie pide ni da, a quien nadie arropa cuando sus brazos carecen de fuerzas.

Le veo al pasar con mi vida por la calle, y puedo palpar como se evade desde su ventana con los que caminamos activos, acompañándonos con la mirada y olvidando así su incapacidad por un momento.

Le veo cuando reímos, mirarnos desde su tristeza solitaria, y confío que nuestras risas, sean para el la nota alegre de ese instante.

Le he visto gritar al viento, cuando ve nuestras vidas corriendo sin sentido ni dirección, desde suya, anclada en la inmovilidad. Y gritan también sus pies, cansados de las zapatillas y el ladrillo rojizo, y ansiosos por pisar tierra y hierba verde, suelo vivo.

Las personas de su generación mueren y enferman, pero el, solo está inmóvil, ni muerto ni enfermo, a la espera de que ese silencio que le rodea se rompa, y le libere de vivir así.
A veces le escucho rezar, diciendo a Dios que ya olvidó como se reza, como se confía, como se recupera la fe...
Susurra en voz baja que se olvidó de soñar. Que lo perdió todo.
Cuando me acerco hasta su ventana se sorprende.
Me dice, que no está acostumbrado a que le vean.
Y que solo puede hablarme de tristezas. Que ya no encuentra el modo de alegrarse por estar vivo.
Sus palabras surgen pausadas pero imparables, felices de encontrar oídos en los que resonar, después de tanto tiempo calladas o dirigidas al viento. No compartí lo mejor ni lo peor de mi vida.
Estoy solo, ¿pero que puedo esperar yo, que no soñé ni ayudé a alcanzar sueños? No creí, ni me esforcé. No regalé momentos, palabras ni silencios. Tan solo aprendí a justificarme. Solo ahora se que vivir, es otra cosa, pero no tengo a quien contarlo. Cuando le veo, se que algo tiene que cambiar. Tenemos que encontrar un modo de ser diferentes, y ver la necesidad a nuestro alrededor.

Los pájaros, cantan sobre su tejado todos los días como un himno a la alegría. Y yo, creo que también tendría que hacer de mi vida un himno, un himno a la esperanza, a la solidaridad, a la generosidad, a la gratitud... y un alto en el camino para escuchar. Y un paquetito de tiempo cada día, para regalar.

Que el sentido de mi vida, vaya más allá de mi misma, incluyendo vidas y necesidades ajenas.
Y que todos entendamos que las personas como el, no son una sombra, un desecho, ni un estorbo... son seres humanos llenos de cicatrices, de carencias y de necesidad de dar.

 

¿Sabes? Me dijo una tarde con la mirada cansada, las personas como yo necesitamos tan poco... una mirada, la atención de un solo momento. Que nos vean, solo necesitamos eso. Durante años, me aterraba la palabra cáncer. Ahora, se que hay enfermedades más dolorosas y largas, casi eternas. Que no necesitan medicamentos caros. Que podrían curarse con muy poco. Pero muchas personas enfermamos y morimos por ellas sin ser vistas.

Aquí, en esta casa solitaria, estoy muriendo de soledad como tanta gente, pero todos tienen prisa, por eso nadie se da cuenta.

El, solo necesita un brazo en el que apoyarse para salir al sol. Otros, una mirada que les confirme que siguen siendo alguien. O un corazón que escuche, o una tarde de merienda en compañía. Son muchos los que en nuestra sociedad, enferman de soledad. Pero los otros, somos muchos más, hagamos algo para poner remedio.



Autor: María Hoyo


 

Cris Carbone