Acercamiento a la depresión infantil

 
La historia nos dice que la tristeza y los sentimientos profundos de depresión han sido parte de nuestra condición humana.

En años recientes se había pensado que esta condición solamente caracterizaba a las personas adultas, sin embargo, en la actualidad la depresión también está siendo diagnosticada en niños y adolescentes con más regularidad, ya que ellos, al igual que los adultos, pueden presentar cambios importantes en su vida, como resultado de pérdidas significativas como el divorcio de sus padres o algún problema en su centro de estudios.

Usualmente tenemos la idea de que un niño de 1 año no es otra cosa si no que una personita linda, alegre e inocente, sin embargo con carencias importantes de afecto, y de seguridad, incluso desde su nacimiento, podría desarrollar algunas de las bases para una futura depresión, tales como falta de seguridad y confianza en sí mismo, desesperanza, pobre concepto propio, desconfianza ante los seres queridos y baja autoestima. Es igualmente necesario tener en cuenta que constituye un factor de riesgo importante el ser miembro de familias con disposición a la depresión, lo que tiene relación con la incidencia de este cuadro en los factores constitucionales y genéticos. La predisposición genética es una causa importante, que puede originar conductas depresivas en el niño, si hubiese un acontecimiento que lo desencadenara.

El concepto de depresión infantil se forma como tal en 1987 como un conjunto de síntomas que forma un síndrome. Se establece que puede existir en todas las edades y como mínimo para poder hablar de ella la sintomatología (que se describirá posteriormente) debe durar alrededor de un mes.
 


Estudios previos nos indican que el 5% de los niños de la población general padece de depresión en algún momento de sus vidas; y que los niños que han vivido bajo tensión familiar, que presentan desórdenes de conducta, discapacidades en el aprendizaje o algún problema de salud tienen un riesgo mayor de padecerla.
La depresión, desorden caracterizado por alteración en el estado de ánimo, acompañada de cambios en el comportamiento a nivel escolar, en el hogar o en la comunidad, está afectando hoy en día a 1 de cada 33 niños y 1 de cada 8 adolescentes. Esta enfermedad puede tener manifestaciones variables, desde sentimientos leves de tristeza hasta grados de depresión severa y suicidio.

 

Es importante que padres y profesores estén atentos cuando algún niño o adolescente pueda presentar alguna de las siguientes características:

Está triste o llora con facilidad.
Pierde el interés por sus juegos preferidos.
No desea ir a la escuela.
Se aleja de sus amigos.
Presenta una comunicación pobre.
Se cansa o se aburre con facilidad.
Presenta menos energía en las actividades diarias.
Le cuesta concentrarse.
Se muestra muy irritable ante pequeñas frustraciones.
Monta rabietas con más facilidad y regularidad.

Expresa baja autoestima despreciando a otros o a él mismo.
Elige finales tristes para sus juegos.
Se comporta agresivamente.
Se lastima, lastima a otros o lastima a animalitos.
Se queja constantemente de dolores de cabeza.
Come mucho o muy poco.
Tiene problemas para dormir o desea dormir con los padres.
Tiene actitudes como si “regresara” a un etapa anterior de su desarrollo, como chuparse el dedo u orinarse en la cama.
Habla de muerte, de suicidio.
Deterioro en los estudios y ausencias frecuentes de la escuela.

A través de los estudios y la experiencia nos hemos dado cuenta que con cierta frecuencia se portan mal en la casa y en la escuela sin que nadie se dé cuenta de que están sufriendo de depresión porque eventualmente no parecen estar tristes. Por esto es muy importante prestar atención a las características diagnósticas anteriormente nombradas, porque si un niño está sufriendo de depresión no necesariamente va a llorar, entonces para los padres y los maestros se trata simplemente de mala conducta, de berrinches o de una actitud caprichosa. Todo ello sin olvidar que el llanto, que es fundamentalmente petición de ayuda, es esencialmente humano. Lo que sucede es que muchas de las veces los niños sufren de depresión de una manera silenciosa.
 

Es importante recordar que algunas de las causas más frecuentes para una depresión en los niños son:

Abuso sexual.
Violencia física, psicológica (gritos, desprecios verbales, etc.).
Divorcio de los padres.
Pérdidas significativas como la muerte de algún ser amado o la pérdida de un juguete importante.
Cambio de casa o de escuela.
Enfermedades físicas.
Situaciones estresoras como violencia intrafamiliar.

¿Qué podemos hacer?

Mantener las expresiones de afecto.
Facilitar posibles compensaciones en casos de pérdidas significativas (posibilidad de que el niño disponga de otros objetos de afecto) proporcionar distracciones (con frecuencia adecuadas).
Resulta relevante disponer de momentos por medio de los cuales el niño o el adolescente tenga la oportunidad de expresar lo que siente, ya sea tristeza, enojo, culpa o frustración ante las diferentes situaciones, por ejemplo: se puede utilizar el dibujo libre, el juego o una conversación empática dirigida hacia la comprensión y no al regaño.
Visitar a algún especialista de la salud mental para una mejor valoración.

Es muy probable que no podamos eliminar la depresión en nuestro mundo, Sin embargo, mientras más estudiemos sus orígenes, vamos a poder ayudar y prevenir sus efectos destructivos en el funcionamiento humano de nuestros niños y adolescentes.


Desconozco su autoria

 

 

       

 

 

Cris Carbone