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¿Cuándo debería buscar ayuda?
Aunque el dolor, la soledad y los trastornos que
acompañan al duelo no tienen nada de “anormal”,
hay algunos síntomas que deberían hacer que
acudiéramos a un profesional o a alguna persona
de nuestro entorno que pueda ayudarnos: médicos,
guías espirituales, responsables de grupos de
apoyo o profesionales de la salud mental. Aunque
cada persona debe tomar esta decisión libremente,
debe plantearse seriamente hablar con alguien
sobre su duelo si presenta alguno de los
siguientes síntomas:
• Intensos sentimientos de culpa, provocados por
cosas diferentes a las que hizo o dejó de hacer
en el momento de la muerte de su ser querido.
• Pensamientos de suicidio que van más allá del
deseo pasivo de “estar muerto” o de poder
reunirse con su ser querido.
• Desesperación extrema; la sensación de que por
mucho que lo intente nunca va a poder recuperar
una vida que valga la pena viva.
• Inquietud o depresión prolongadas, la
sensación de estar “atrapado” o “ralentizado”
mantenida a lo largo de períodos de varios meses
de duración.
• Síntomas físicos, como la sensación de tener
un cuchillo, clavado en el pecho o una pérdida
sustancial de peso, que pueden representar una
amenaza para su bienestar físico.
• Ira incontrolada, que hace que sus amigos y
seres queridos se distancien o que le lleva “a
planear venganza” de su pérdida.
• Dificultades continuadas de funcionamiento que
se ponen de manifiesto en su incapacidad para
conservar su trabajo o realizar las tareas
domésticas necesarias para la vida cotidiana.
• Abuso de sustancias, confiando demasiado en
las drogas o el alcohol para desterrar el dolor
de la pérdida.
Aunque cualquiera de estos síntomas puede ser
una característica de un proceso normal de duelo,
su presencia continuada debe ser causa de
preocupación y merece la atención de una persona
que vaya más allá de las figuras de apoyo
informal que suelen estar presentes en la vida
de cada individuo.
Diez pasos prácticos para Adaptarse a la Pérdida
1. Tomarse en serio las pequeñas pérdidas.
Dedicando tiempo a mostrar que nos preocupamos
por un amigo que se muda lejos de nosotros o a
vivir la tristeza que sentimos cuando dejamos
una casa que se ha quedado grande o pequeña para
nuestras necesidades, nos damos a nosotros
mismos la oportunidad para “ensayar” nuestra
adaptación a las pérdidas importantes de
nuestras vidas. De un modo parecido, podemos
utilizar la muerte de un simple pececillo de
colores como una “oportunidad para aprender”,
instruyendo a los niños sobre el significado de
la muerte y su lugar en la vida, preparándoles
para futuras pérdidas.
2. Tomarse tiempo para sentir. Aunque las
pérdidas más importantes plantean toda una serie
de exigencias prácticas que hacen que sea
difícil “enfrascarnos” en nuestras reflexiones
privadas, debemos encontrar algunos momentos de
tranquilidad para estar solos y sin
distracciones. Escribir en privado sobre
nuestras experiencias y reflexiones en momentos
de cambio puede ser una forma de mejorar nuestra
sensación de alivio y comprensión.
3. Encontrar formas sanas de descargar el
estrés. Prácticamente por definición, cualquier
tipo de transición es estresante. Debemos buscar
formas constructivas de dominar este estrés, ya
sea a través de la actividad, el ejercicio, el
entrenamiento en relajación o la oración.
4. Dar sentido a la pérdida. En lugar de
intentar quitarnos de la cabeza cualquier
pensamiento sobre la pérdida, es mejor que nos
permitamos obsesionarnos con ella. Intentando
desterrar las imágenes dolorosas sólo
conseguimos darles más poder. A medida que vamos
elaborando una historia coherente de nuestra
experiencia, vamos logrando una mayor
perspectiva.
5. Confiar en alguien. Las cargas compartidas
son menos pesadas. Debemos encontrar personas,
que pueden ser familiares, amigos, religiosos o
terapeutas, a las que podamos explicarles lo que
estamos pasando sin que nos interrumpan con su
propio “orden del día”. Lo mejor es aceptar con
elegancia los gestos de apoyo y lo oídos
dispuestos a escuchar, sabiendo que llegará un
momento en que tendremos que devolver el favor.
6. Dejar a un lado la necesidad de controlar a
los demás. Las otras personas afectadas por la
pérdida tienen su propia manera de elaborarla y
siguen su propio ritmo. No debemos obligarlas a
adaptarse al camino que nosotros seguimos para
elaborar nuestro dolor.
7. Ritualizar la pérdida de un modo que tenga
sentido para nosotros. Si el funeral que se ha
celebrado por el fallecimiento de nuestro ser
querido no nos ha satisfecho, podemos preparar
un acto que satisfaga nuestras necesidades. Hay
maneras creativas de honrar las pérdidas no
tradicionales que encajan con nosotros y con las
transiciones que atravesamos.
8. No resistir al cambio. Las pérdidas de
personas y roles que ocupan un papel central en
nuestras vidas nos transforman para siempre. Lo
mejor es abrazar estos cambios, buscando las
oportunidades que presentan para el crecimiento,
independientemente de lo agridulces que puedan
resultar, esforzarnos por crecer con la
experiencia de la pérdida, al mismo tiempo que
reconocemos los aspectos en los que nos ha
empobrecido.
9. Cosechar el fruto de la pérdida. La pérdida
hace que revisemos nuestras prioridades vitales
y podemos buscar oportunidades para aplicar lo
que nos enseña a proyectos y relaciones futuras.
Debemos dejar que nuestras reflexiones
constructivistas encuentren una forma de
expresión en acciones adecuadas, quizás ayudando
a otras personas que lo necesiten.
10. Centrarse en las propias convicciones
religiosas. Podemos utilizar la pérdida como una
oportunidad para revisar y renovar las creencias
religiosas y filosóficas que ya dábamos por
supuestas, buscando una espiritualidad más
profunda y templada.
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