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Es duro aceptar que
no nos quieren con todas las ganas.
Y no me refiero solamente al placer que produce
el sentirse amado, sino a la autoestima
implicada.
Cuando la persona que amamos nos quiere a
medias, con limitaciones y dudas, la sensación
que queda es más de agradecimiento que de
alegría, como si estuvieran haciéndonos un
favor.
Una buena relación no permite reparos afectivos.
Cuando el sentimiento vale la pena, es tangible,
incuestionable y casi axiomático. No pasa
desapercibido, no requiere de terapias
especializadas ni de reflexiones profundas. Se
destaca y se nota. Como decía Teilhard de
Chardin: “¿En qué momento
llegan los amantes a poseerse a sí mismos
plenamente, si no es cuando están perdidos el
uno en el otro?”.
Si hay dudas, el afecto está enfermo. Sanarlo
implica correr el riesgo de que se acabe;
dejarlo como está es hacer que el virus se
propague. La persona apegada siempre prefiere la
segunda opción.
1: “Me quiere pero no se dá cuenta”
Este pensamiento está sustentado en una idea
totalmente irracional. Cuando una persona está
enamorada lo sabe, lo siente, lo vive en cada
pulsación, porque el organismo se encarga de
avisarle.
No pasa desapercibido. El amor llega como un
huracán que rompe todo a su paso. Los síntomas
son evidentes,
tanto a nivel fisiológico como psicológico. Si
alguien no se diera cuenta de que el amor lo
está atravesando de lado a lado, deberíamos
pensar en algún daño neurológico incapacitante,
quizás una esquizofrenia catatónica, un autismo
avanzado o algún tipo de mongolismo enmascarado.
El amor nunca es
ignorante. Si alguien no sabe que te quiere: no
te quiere.
2: “Los problemas psicológicos que tiene, le
impiden amarme”
La mayoría de las personas dependientes que no
se sienten amadas tienden a justificar el
desamor de su pareja mediante causas
psicológicas o traumas infantiles. Las razones
más comunes abarcan timidez, introversión, miedo
a entregarse, problemas de personalidad, mala
crianza, o el famoso Edipo no resuelto.
Un número considerable de mujeres y hombres
rechazados afectivamente inician una romería de
especialista en especialista, para hallar algún
tipo de alteración (ojalá curable) que explique
la indiferencia de su pareja.
Es cierto que algunos desórdenes psicológicos
pueden producir un descenso transitorio en la
capacidad de
amar, como es el caso de la depresión. También
es verdad que existen trastornos de la
personalidad que bloquean todo contacto afectivo
(por ejemplo, los esquizoides). Incluso hay
alteraciones de origen hormonal/metabólico que
merman el placer del intercambio afectivo. Sin
embargo, la mayoría de las veces
no se llega al desamor por una afección orgánica
o psicológica, sino por puro desgaste. Un buen
día, el
amor, supuestamente inalterable y
ultrarresistente, se derrumba sobre sí mismo;
sencillamente se acaba
o nunca existió. Aunque nos resistamos a creerlo,
si el afecto se descuida puede extinguirse para
siempre.
Como es obvio, es menos doloroso creer que el
alejamiento de la persona amada se debe a una
anomalía y no
al desafecto. Decir, “Está enfermo”, no duele
tanto como decir, “Se cansó de mí”. Al menos en
el primer
caso queda la posibilidad de alguna droga
milagrosa (quizás un Viagra afectivo), y en el
segundo, si
somos dignos, sólo queda hacer mutis por el foro.
Si los problemas psicológicos que tiene tu
pareja le impiden brindarte el cariño que
necesitas, ayúdala.
Si pese a saber tu sufrimiento no pide ayuda,
cuestiona su amor o su cordura. Y si no hay
alteraciones
evidentes a la vista, acércate con discreción:
es posible que la causa del desamor no sea más
que desamor.
3: “Esa es su manera de amar”
Nadie niega que hay estilos personales en la
manera de amar, pero algunos son francamente
sospechosos.
Por ejemplo, si la “manera de amar” de mi pareja
incluyera antipatía, indiferencia, egoísmo,
agresión e
infidelidad, no me interesaría acoplarme a su
modo afectivo. Más aún, si fuera capaz
cuestionaría
seriamente la relación.
4: “Me quiere, pero tiene impedimentos externos”
De acuerdo con la ciencia moderna, los hombres
somos especialmente sensibles al estrés. A esta
causa se
le han achacado todo tipo de incompatibilidades
con el normal desarrollo del amor, desde la
impotencia
(lo cual es cierto) hasta el desamor (lo cual no
es cierto). Trabajo excesivo, sobregiros,
agresión o
cansancio crónico, cualquier excusa es buena
para explicar (en el fondo, para justificar) la
lejanía
afectiva. De acuerdo con lo que sabemos en
psicología, los problemas externos pueden
producir irritabilidad, cansancio y algo de mal
humor,
pero no necesariamente desamor. Uno no deja de
querer a la pareja porque está cansado, más bien
la busca para acurrucarse.
Cuando un individuo está preocupado e
intranquilo, el compañero o compañera puede ser
el soporte, el oasis donde reposar.
Pero si el afecto es débil, la pareja puede
convertirse en un condena más.
Las vicisitudes de la vida diaria pueden alterar
y destemplar un poco el amor, pero no lo anulan.
Eso es puro cuento. Si solamente te aman cuando
no hay problemas, tu amor ya entró a cuidados
intensivos.
Se recomienda atención inmediata.
5: “Se va a separar”
En la vida hay cosas que no se piden, porque
deben darse de motu propio. Si tienes que
presionar, acosar
y amenazar a la persona que amas para que se
separe, vas por mal camino. Muchas veces decir,
“No puedo
separarme”, significa en realidad. “No tengo el
coraje de hacerlo”. El principio es concluyente:
si
verdaderamente te amaran hasta las últimas
consecuencias, estarían contigo.
6: “Minimizar los defectos de la pareja o la
relación”
Las personas apegadas tienden a reducir los
defectos de su pareja al mínimo, para hacer más
llevadera la
relación y disminuir los riesgos de ruptura.
Cuando la minimización se exagera, se convierte
en negación:
“Todo está bien”, “No hay problemas” ó “Todo es
soportable”. El apego tiene la peligrosa
propiedad de
amplificar las virtudes y achicar las
deficiencias según convenga. Todo el sistema de
procesamiento de
información se coloca al servicio del
autoengaño. La estrategia es incrementar la
indulgencia para que
las cosas no se vean ni duelan tanto. La
estrategia del avestruz.
7: “Nadie es perfecto” ó “Hay parejas peores”
La comparación cínica confirmatoria consiste en
dar a la excepción el estatus de regla. Estas
personas no ven el árbol por ver el bosque.
El típico argumento, “Los hay peores”,
automáticamente quita importancia a cualquier
defecto. Lo rebaja, lo aplasta o lo hace
desaparecer,
porque siempre es posible encontrar a alguien en
peor estado. Como si la estadística, por pura
comparación, tuviera la extraña virtud de
embellecer lo feo y sanar lo malo.
El apego nos hace ver lo anormal como normal,
invierte los valores y revuelca los principios.
8: “No es tan grave”
El mecanismo utilizado en estos casos es el de
mermar las deficiencias, minimizando las
consecuencias.
O sea: “Nada es tan grave” ó “Mi tolerancia no
tiene límites”. Un adicto afectivo disfrazado de
buen
samaritano, buscando retener a su pareja a como
dé lugar.
Decir que nada es importante significa eliminar
de cuajo las aspiraciones, los deseos y los
principios
personales. La flexibilidad es buena, siempre y
cuando no se quiebre la propia individualidad.
El aguante por el aguante siempre huele a rancio
y termina por subir los umbrales de la
tolerancia a
límites indecentes. La docilidad es la
estrategia ideal para los que no quieren o no
pueden
independizarse. Nos guste o no, hay cosas que sí
son graves, insoportables y radicalmente no
negociables.
El color de rosa indiscriminado y sensiblero es
un invento de los que no quieren ver.
9: “No recuerdo que haya habido nada malo”
Algunas personas dependientes manifiestan una
clara distorsión a la hora de recuperar
información:
se olvidan de los problemas y recuerdan
solamente las buenas cosas de la relación.
Si estás en el plan de terminar una mala
relación, no puedes olvidar las experiencias
negativas.
Por el contrario, las debes incorporar con
beneficio de inventario. No se trata de
magnificarlas y
volverse obsesivo (el odio no es lo opuesto del
amor), sino de darles el puesto que se merecen.
Si su pareja te ha maltratado, ha sido infiel o
te ha explotado en algún sentido, estos hechos
cuentan (¡y de qué manera!), a la hora de tomar
decisiones. Negar o evitar esa realidad te
conduciría
indefectiblemente a repetir los mismos errores
en otras relaciones.
Esculcar en el pasado afectivo de una relación
perniciosa, sin ensañarse con el otro y dejando
a un
lado el resentimiento, puede resultar benéfico y
saludable para los que ya están cansados de
sufrir.
No se trata de maquinar venganza o tomar
desquite, sino de ver hasta qué punto se
justifica invertirle
energía positiva a un amor en decadencia.
10: “Todavía me llama”,“Todavía me
mira”,“Todavía pregunta por mí”
La necesidad de mantener el amor a toda costa,
puede llevar a interpretar ciertos hechos
aislados como
indicadores de que todavía hay amor. Una llamada
telefónica de la persona que “supuestamente” nos
ama,
puede estar motivada por muchas cosas distintas
al amor: una simple nostalgia pasajera,
confirmar un
chisme, sentimientos de pesar o de culpa.
Una mirada puede significar que todavía le
gustas a tu “ex”, pero eso nada tiene que ver
con el afecto.
Puede tratarse de “atracción recordatoria”,
reminiscencias hormonales o incluso estéticas.
Una mirada
puede estar originada en la intriga de ver “cómo
se vistió o con quién anda. Si la mirada está
impregnada
de picardía y seducción, es posible que haya
algo más, pero no significa necesariamente
proximidad
afectiva.
El amor no es un mapa de indirectas y claves que
hay que descifrar las veinticuatro horas para
saber
cuándo, dónde y cómo nos van a amar. En una
buena relación no hay mucho que traducir porque
se habla el mismo idioma, y aunque existen
dialectos, son variaciones de una misma lengua.
La mejor manera de ser un buen decodificador
afectivo es conectar la antena a tierra.
11: “Todavía hacemos el amor”
Como vimos en el apartado del apego al sexo, la
sexualidad puede moverse exclusivamente en el
terreno de
lo fisiológico y crear adicción. Se puede hacer
sexo sin hacer el amor, o se puede tener sexo
sin tener
amor. Cualquier persona puede apegarse
sexualmente a otra, aunque no haya afecto. En un
número
considerable de parejas separadas, el deseo
sexual sigue presente, no obstante que el afecto
haya
desaparecido. En otros casos, a pesar de haber
tenido una relación sexualmente fría, la libido
se
alborota inesperadamente después del
distanciamiento. De la noche a la mañana, la
“ex” o el “ex”
comienzan a transformarse misteriosamente en los
seres más sensuales y eróticos del universo. Una
atracción tardía y desconocida hasta entonces
hace su aparición, sacude el sistema límbico y
los
impulsa a un éxtasis de consecuencias
impredecibles.
La verdadera problemática surge cuando el sexo
se convierte, ilusamente, en la prueba reina de
que el
amor está vivo. Seguir haciendo el amor con la
persona que queremos, pero que no nos
corresponde, es un
disparate. Cada encuentro clandestino es la
confirmación de un “sí” con sabor a “no” , y una
afrenta para
la autoestima. La esperanza en carne viva. No
olvidemos que ser deseable no implica ser
querible. En suma:
deseo no es amor.
12: “Todavía no tiene otra persona”, Todavía
está disponible”
El pensamiento que alimenta la esperanza del
reencuentro es el siguiente: “Si la persona que
quiero aún
sigue sola, tengo oportunidad”. O, en una
versión más entusiasta y atrevida: “Soy
irremplazable” o “No
ha podido olvidarme”.
Si embargo, los hechos también pueden significar
otra posibilidad menos optimista y más dolorosa:
“La
persona que amo prefiere estar sola a estar
conmigo”. Mortal para cualquier ego.
Si la persona que dices que te quiere prefiere
estar sola a estar contigo, pon en duda su amor.
Por
definición, ningún enamorado, pudiendo elegir,
prefiere la soledad afectiva a estar con la
persona
amada. En estos casos, es mejor irse con el amor
a otra parte.
13: “Se va a dar cuenta de lo que valgo”
Es posible que en ciertos casos esta afirmación
tenga asidero en la realidad, y algún día la
persona que
hoy nos rechaza caiga en cuenta, se arrepienta
sinceramente y haga un reconocimiento público
del viejo
amor perdido. Pero el problema es de tiempo, es
decir, ¿cuándo?
¿Cuánto hay que esperar? ¿Semanas, meses, años?
¿Se justifica la demora? ¿No es mejor oxigenar
la vida
con alguien que no necesite retiros espirituales
y ausencias lejanas para reconocer que somos
queribles?
A pesar de que el sentido común sostiene que las
cosas hay que perderlas para valorarlas, desde
mi punto
de vista y refiriéndome exclusivamente a una
cuestión de respetabilidad personal, el solo
hecho de que
tengan que “perderme” para “valorarme” es
ofensivo, además de fastidioso.
Si eres una de esas personas que están esperando
la evaluación, a ver si pasaste el examen como
pareja,
recuerda que no eres un objeto de compra-venta.
El evalúo afectivo siempre es insultante.
Empero, si lo
anterior no te ha convencido, quizá las
estadísticas logren despabilarte: los que
dudaron afectivamente
una vez, vuelven a dudar. Puede haber más
exámenes. Es mejor no vivir en ascuas. Si no te
aman hoy,
no te aman.
14: “Dios me va a ayudar”, “Me hice echar las
cartas” o “Me hice la carta astral”
Cuando las tácticas de recuperación
mágico-religiosas se activan la cosa está grave:
la desesperación ha
tocado fondo. Poner la solución afuera es
cómodo, pero también arriesgado porque desvía
nuestra atención
de la realidad y nos vuelve cada vez más
incompetentes.
15: “Intentaré nuevas estrategias de seducción”
En oposición al anterior esquema, este
pensamiento implica poner el problema adentro,
pero demasiado
adentro: “La persona que amo no está conmigo
porque no he sabido retenerla; si mejoro mis
habilidades de
conquista, la volveré a recuperar. Por
desgracia, la restitución afectiva no es fácil
de lograr.
Aunque parezca obvio, para que la reconquista
afectiva pueda ocurrir debe haber alguien
dispuesto a ser
conquistado. El amor no es como la guerra o la
toma por el poder (el amor perdido no se
restablece
mediante el acoso y la persecución obsesiva). En
las lides afectivas, la conquista obligada
recibe el
nombre de violación. Si el otro está en un
estado de desamor agudo, es mejor no hacer nada
y dejar
que la alteración siga su curso. Pero los
apegados suelen entrar en pánico y comportarse
irracionalmente.
La recuperación de la pareja perdida, si acaso
fuera posible, no se logra con dos o tres
cambios
superficiales de comportamiento. Las relaciones
afectivas obedecen a una historia particular,
especial
y no reproducible, que determina su esencia
básica y un perfil interpersonal único.
Desconocer esa
evolución puede llevar a actitudes facilistas
que en nada ayudan a fortalecer el vínculo.
Si quieres intentar un plan de reconquista, no
lo hagas a la ligera. Primero debes tener muy
claras
las causas de la ruptura, el diagnóstico, la
explicación de por qué no funcionó, a ver si
tienes
oportunidad de alcanzar el objetivo. No te hagas
falsas expectativas: cuando una relación anda
mal,
el remedio suele ser complejo y difícil de
aplicar. Los “pañitos de agua tibia” pueden
calmar el
malestar, pero no eliminan la infección.
16: “Mi amor y comprensión lo curarán” Cuando no convertimos en redentores, consejeros
o psicólogos de la persona amada, distorsionamos
la esencia del amor. He conocido gente
(sobretodo mujeres) cuyo objetivo afectivo es
redimir al pecador
o curar al enfermo. Por desgracia, y sin pecar
de pesimista, la experiencia ha demostrado que
el supuesto
poder de curación del amor de pareja deja
bastante que desear. Por el contrario, el amor
mal dosificado
(a veces llamado incondicional) puede producir
ganancias secundarias y reforzar el
comportamiento que,
precisamente, se pretende cambiar. Por ejemplo,
querer curar a una persona infiel crónica
dándole amor
a granel y siendo tolerante con sus engaños, es
una inocentada con rasgos de complicidad. De
manera
similar, pretender que un alcohólico controle su
adicción exclusivamente mediante afecto
indiscriminado,
es casi imposible. Los que están en Alcohólicos
Anónimos saben mejor que nadie que el amor por sí
solo no
es suficiente para modificar una conducta
adictiva.
Algunas personas con vocación de mártires
deciden “adoptar” a la pareja y echarse al
hombro la reparación
de todos sus males. Sin más armas que un amor
brioso y desbordante de optimismo, emprenden la
rehabilitación del ser amado: “Mi amor lo hará
cambiar”, “Cuando se sienta amado, se dará
cuenta de sus
errores” o “El amor todo lo puede” (algo así como
el Club de “Sanadores Afectivos”).
Aunque los románticos entren en crisis y el
idealismo amoroso se vuelva añicos, el realismo
afectivo es
imprescindible para poder desapegarse. Nadie
niega que el amor sea el principal motor de la
relación de
pareja; lo que estoy afirmando es que de ninguna
manera es suficiente per se para que una
relación
prospere. El sentimiento afectivo en estado puro
no alcanza a colmar las expectativas de una
buena
convivencia y tampoco basta para que la persona
amada se cure o recapacite. El amor no es tan
poderoso.
En los dilemas afectivos, las personas apegadas
no quieren perder ningún beneficio. No importa
qué tan
enfermiza sea la relación, lo fundamental es
conservar a la persona amada, así sea de a
pedazos. El miedo
a quedarse sin afecto los lleva a establecer
metas incompletas, postergaciones amañadas y
remedios
insuficientes.
17: “Voy a dejarlo de a poquito”
A no ser que se trate de un paciente internado y
bajo control médico directo, alejarse
paulatinamente de
la fuente de adicción no es la estrategia más
recomendada. “Voy a consumir cada día menos
crack”, puede
resultar risible para los que saben del tema. La
adicción no se rompe lentamente. Puede haber
retrocesos,
avances y recaídas, pero la lucha es a muerte.
Para una persona con predisposición a la
adicción,
no hay medias tintas. Un sorbo, una fumada o el
mínimo consumo puede ser definitivo para que la
oscura
puerta del vicio vuelva a abrirse. “Voy a dejar
a la persona que amo porque no me conviene, pero
poco a
poco”, es como decir que me inyectaré menos. Es
un típico autoengaño. En realidad, lo que
queremos es
prolongar la permanencia del estimulante
afectivo.
18: “Solo seremos amigos”
Cuando una relación se rompe, es prácticamente
imposible ser amigo o amiga de la persona que
todavía se
ama. Los que defienden lo contrario no sabe de
qué están hablando.
Para sobrevivir a la pérdida, algunos adictos
afectivos se inventan un engendro amoroso que no
es ni una
cosa ni la otra: el “amigovio”, una mezcla de
amigo adelantado y novio venido a menos, con
toqueteo
incorporado. No tardarán en aparecer variaciones
sobre el mismo tema. Es posible que comencemos a
ver
“esposovios” (esposos que parecen novios),
“amantosas” (una mezcla de amante, esposa y
ventosa” y otros
experimentos afectivos que permitan mantener la
ilusión de un encanto que ya no existe.
19: “Sólo seremos amantes”
Un amante enamorado es un amante desubicado. Los
juegos de placer, los ratos descansados, la
pasión
fluida y alegre que deben caracterizar a los
buenos amantes, se convierten con la adicción en
una maraña
afectiva, un nudo gordiano donde cada intento
por deshacerlo lo hace más fuerte.
Convertirnos en amantes de la persona amada, con
la excusa de no alejarnos del todo, es la peor
de las
decisiones. No solamente impedimos la
elaboración del duelo, sino que perpetuamos el
sufrimiento por
tiempo indeterminado. Y si la relación era muy
mala o poco conveniente, peor, porque
desperdiciamos una
buena oportunidad para terminar de una vez por
todas con la tortura de estar mal emparejado.
A manera de conclusión
Como habrás podido ver, la mente apegada utiliza
infinidad de subterfugios y engaños para
intentar salvar
el amor extraviado. No importa qué tan
inconveniente o dañino sea, la adicción afectiva
no mide
consecuencias. Es ciega por naturaleza.
Si estás en una relación enfermiza y tienes
miedo de salirte, o has perdido a la persona que
amas y no
eres capaz de aceptarlo, es probable que
utilices alguno de los diecinueve pensamientos
perturbadores
señalados. Todos obedecen a la misma necesidad:
retener la fuente de apego mediante el
autoengaño.
El principio del realismo no pide demasiado,
porque no hay mucho que aprender sino
desaprender.
Quedarte quieto y mirar la realidad afectiva en
la cual estás inmerso, es lo único que debes
intentar.
Si logras observar las cosas como realmente son,
dejando los sesgos y las mentiras a un lado,
tus esquemas irracionales comenzarán a
tambalear. Aunque te duela el alma y tu
organismo entre en
crisis de abstinencia, no hay otro camino. La
liberación afectiva y la ruptura de los viejos
patrones
de adicción no toleran la anestesia, porque las
grandes revoluciones siempre exigen atención
despierta.
Además, tal como decía Kalil Gibrán: “Si no se
rompe, ¿cómo logrará abrirse tu corazón?”.
Con afecto
Susana Perez
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