Por Jorge Bucay



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Cuestión de química

Tender la mano a aquellos a quienes la vida castiga con dureza, es parte de nuestro crecimiento personal. Las noticias cotidianas nos muestran hasta qué punto este paso es necesario.

Con una regularidad inesperada

nos despertamos cada mañana navegando con dolor en los mares del odio del mundo.
De cara a las páginas de las noticias me inquieta comprobar que necesito leer el epígrafe de las fotografías para saber si pertenecen a nuestro país, a un pueblo vecino o a hermanos de países más lejanos.

Y lo peor es que demasiado frecuentemente compruebo con

espanto que esas imágenes son de aquí mismo. La barbarie, el daño, la crueldad o la simple injusticia de una muerte absurda han ocurrido a cinco, a diez o a cuarenta minutos de nuestra casa. La víctima es muchas veces alguien como usted o yo, alguno de los que con o sin conciencia nos encontramos cautivos de un mundo cada vez más violento.

 

Es triste darse cuenta que no nos consuela ni un poco saber que unos y otros tienen algo de razón en su discurso ni asumir que hemos llevado en nuestra voz alguna de las ideas que hoy se enarbolan para justificar lo injustificable.

Veo cómo estamos todos amenazados por alguno de los fantasmas que invariablemente asuelan las sociedades a punto de destruirse: la resignación, el miedo y el deseo de venganza.

En este recorrido que nos hemos propuesto cada semana en dirección al desarrollo de cada persona, el próximo paso será hermanarnos con aquellos a quienes la vida castiga hoy más duramente.

Hablo, como diría Lima Quintana, de ayudar a los que quedaron rezagados; hablo de igualar hacia arriba.

No se trata de encontrar soluciones inmediatas, que seguramente no existan, sino de mostrar que estamos en camino.

Hace tiempo inventé para una paciente esta historia. Ella acababa de divorciarse y la irritaba que su "EX", como ella lo llamaba, ya "se había encontrado otra" y, según ella, "se la estaba pasando demasiado bien".

Ella se ocupaba, cada tarde, de molestarlo un poco.

-Para que sepa lo que yo sufro... -me decía- porque es injusto.

Y de paso para conseguir que le preste atención, pensaba yo.
Entonces le conté la historia de Juan Sinpiernas.

Se trataba de un leñador, que mientras trabajaba con una sierra eléctrica se accidentó hiriéndose en las dos piernas.
Nada pudieron hacer los médicos para salvarlas, así que el personaje, como si fuera víctima de la profética determinación de su nombre, quedó condenado a un sillón de ruedas.

Juan cayó en una profunda depresión.
El psiquiatra que lo atendió, amable y comprensivo, le escuchó con atención.

-Mi depresión, doctor, no tiene que ver con la pérdida de las piernas -dijo Juan-. Lo que a mí me molesta es el cambio que ha tenido la relación con mis amigos. Antes del accidente ellos venían a buscarme todos los viernes para ir a bailar. Una o dos veces a la semana nos reuníamos a chapotear en el río y hacer carreras de nado. Salíamos los domingos de mañana a correr por la avenida de la costanera. Parece que por el accidente, no sólo he perdido las piernas, sino también las ganas de mis amigos de compartir cosas conmigo. Nadie me ha vuelto a invitar.

El psiquiatra le explicó a Juan que sus amigos no lo estaban evitando por desamor o por rechazo. Aunque fuera doloroso, el accidente había modificado la realidad. El ya no era el compañero de elección para hacer esas mismas cosas que antes compartían... Por supuesto que no había nada en contra de que él siguiera haciendo las mismas cosas, es más, era importantísimo que las hiciera.

El psiquiatra le explicó a Juan que él podía nadar, pero tenía que competir con quienes tenían su misma dificultad... que podía ir a bailar y entrenar pero debía entender que aquellos amigos no estarían con él como antes.

Ahora las condiciones entre él y ellos eran diferentes... él debía hacer lo que deseaba pero con sus iguales.
Tenía que fabricar nuevas relaciones con pares.

Juan sintió que un velo se descorría en su mente un poco trastocada.
Juan Sinpiernas salió del consultorio del psiquiatra, y volvió a su casa...
Puso en condiciones su sierra eléctrica... y salió a la calle.
Planeaba cortarles las piernas a algunos amigos, y fabricar así... algunos pares.