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...sentado en la vieja casa familiar,
frente a la imagen de la madre muerta...
Dice la Madre: -No llores, yo estoy bien.
Dice el Hijo: -No lloro por ti, lloro por mí,
porque ya no estas para pensarme.
Pirandello
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“Amando mucho viviríamos un poco más después de muertos.
Yo puedo asegurar que mi padre o mi madre viven en mí, la mitad de las cosas que
yo hago son “suyas”, aunque sus manos sean hoy polvo, y los grandes escritores
siguen viviendo hoy entre nosotros cada vez que los leemos. Y ahora, mientras Beethoven suena en mi cadena musical, ¿quién negaría que él vive en su música y
en mí?
Es como en los trasplantes: el muerto que dona su
corazón o sus riñones, sigue latiendo y purificando la sangre en el
trasplantado. Es decir: sigue viviendo en alguien.
Así todo acto de amor, toda obra bien hecha y perdurable
es un trasplante de alma cedida a un desconocido, pero que vive con ella y de
ella.
Son pequeñas resurrecciones, lo sé. Pero, ¿por qué no
conseguir esas pequeñas resurrecciones que son las que tenemos en nuestra mano?"
José Luis Martín Descalzo

Superar la muerte de
un ser querido
PEDRO MARTINEZ
Tras
la pérdida de alguien a quien queremos se entra en un proceso caracterizado por
sentimientos de tristeza -se siente una pena muy grande y todo hace llorar-; de
miedo y angustia -sensaciones muy intensas de desamparo, desasosiego-; de
soledad -como si el mundo se hubiera acabado-; cambios de humor constantes; por
conductas de negación e incredulidad -parece que lo que está pasando es una
horrible pesadilla-; insensibilidad -es como si le estuviera pasando a otro- y
de rabia y resentimiento.
Estas emociones, además, suelen ir acompañadas de
sensaciones corporales como el nudo en el estómago,
palpitaciones, pérdida de apetito, insomnio, temblores,
pérdida de fuerza, hipersensibilidad al ruido, sensación
de falta de aire, náuseas, fatiga y una opresión en la
garganta y en el pecho. Son sensaciones normales que se
acompañan de comportamientos tales como llorar,
suspirar, buscar , llamar y hablar con el fallecido,
querer estar en soledad y evitar a la gente, dormir poco
o en exceso, soñar o tener pesadillas, falta de
concentración, no parar de hacer cosas o, por el
contrario, apatía.
Estas reacciones, normales después de la muerte de un
ser querido, forman parte de un proceso más o menos
largo y doloroso de adaptación a la nueva situación. La
duración oscilará entre uno y tres años y se habrá
superado cuando la persona sea capaz de recordar al
fallecido sin sentir dolor, cuando aprenda a vivir sin
él , cuando sea capaz de plantearse retos vitales y de
centrarse en una convivencia normalizada con familiares,
amigos y compañeros. Para alcanzar este objetivo la
tarea prioritaria consiste en aceptar la pérdida: la
persona querida ha muerto y no volverá. No es suficiente
con decirlo, hay que creerlo. Cuando se haya perdido
toda esperanza de recuperar al ser querido será la señal
de que se ha aceptado. Hablar de la pérdida, de las
circunstancias de la muerte e incluso visitar el
cementerio o el lugar donde se han esparcido los restos
puede ayudar a completar este paso.
Paralelamente, hay que aprender a sentir el dolor en
privado, llorando, mirando sus fotografías... O de forma
compartida, hablando de los sentimientos con la familia,
con amigos de confianza, con las personas con las cuales
no hay ningún inconveniente en expresar cómo se está.
Hay que aprender a vivir sin esa persona: si es
importante expresar las emociones, no menos importante
es saber complementarlo con actividades que posibiliten
el inicio de una vida sin el ser querido. Hay que
aprender a vivir en soledad, a tomar decisiones sin
apoyo, a realizar las actividades de las que se ocupaba
la otra persona... En definitiva, a tener otra
perspectiva de la vida, otros objetivos. La recuperación
del interés por la vida marcará el momento de
superación: no hay nada malo si se quiere disfrutar, si
se quiere ser feliz, en establecer nuevas relaciones, en
sentir nuevos deseos.
Finalizar el proceso de aceptación no significa olvidar.
Para cada persona significa algo distinto: es poder dar
un sentido a todo lo vivido, es pensar en el ser querido
sin sentir un dolor insoportable y recordar con ternura
los momentos vividos, es llegar a perdonarse o a
perdonar lo negativo de una relación y los momentos que,
por la muerte, no se han podido disfrutar. Espero que
estas líneas contribuyan a superar el duelo personal de
una amiga.
Pedro Martínez es psicólogo clínico de ILD Psicología
Fuente:
http://www.elmundo.es

Hay
una historia muy antigua
donde se narra como un sabio
puede dar iluminación sobre
este triste acontecimiento,
difícil de superar. Una vez
una mujer perdió a su hijo y
se lamentaba mucho. Ella
pidió ayuda y finalmente le
recomendaron que fuera donde
Buddha. Ella se
dirigió al santo hombre
junto con su hijo muerto y
le suplicó que le regresara
la vida al niño; entonces el
Señor Buddha aceptó
ayudarla con la condición de
que le llevara semillas de
mostaza de las casas donde
no hubiera muerto nadie. La
mujer esperanzada salió a
buscar de casa en casa esas
semillas de mostaza, pero no
consiguió ninguna porque en
todas las casas donde había
buscado había muerto
alguien. Entonces regresó
donde Buddha y él le
preguntó por las semillas,
ella le respondió que no las
pudo encontrar porque en
todas las casas donde había
buscado, había muerto
alguien. Entonces Buddha
le explicó que la muerte es
un proceso natural por el
cual todos debemos pasar; y
que ella no era la única que
sufría la pérdida de un ser
querido.

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