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La inteligencia
emocional es la capacidad para reconocer
sentimientos propios y ajenos, y la habilidad
para manejarlos. El término fue popularizado por
Daniel Goleman, con su célebre libro:
Emotional Intelligence, publicado en 1995.
Goleman estima que la inteligencia emocional se
puede organizar en cinco capacidades: conocer
las emociones y sentimientos propios,
manejarlos, reconocerlos, crear la propia
motivación, y manejar las relaciones.
Orígenes del concepto
El uso más
lejano de un concepto similar al de inteligencia
emocional se remonta a Darwin, que indicó en sus
trabajos la importancia de la expresión
emocional para la supervivencia y la adaptación.
Aunque las definiciones tradicionales de
inteligencia hacen hincapié en los aspectos
cognitivos, tales como la memoria y la capacidad
de resolver problemas, varios influyentes
investigadores en el ámbito del estudio de la
inteligencia comienzan a reconocer la
importancia de la ausencia de aspectos
cognitivos. Thorndike, en 1920, utilizó el
término inteligencia social para describir la
habilidad de comprender y motivar a otras
personas. David Wechsler en 1940, describe la
influencia de factores no intelectivos sobre el
comportamiento inteligente, y sostiene, además,
que nuestros modelos de inteligencia no serán
completos hasta que no puedan describir
adecuadamente estos factores.
En 1983, Howard Gardner, en su Teoría de las
inteligencias múltiples Frames of Mind: The
Theory of Multiple Intelligences introdujo
la idea de incluir tanto la inteligencia
interpersonal (la capacidad para comprender las
intenciones, motivaciones y deseos de otras
personas) y la inteligencia intrapersonal (la
capacidad para comprenderse uno mismo, apreciar
los sentimientos, temores y motivaciones
propios). Para Gardner, los indicadores de
inteligencia, como el CI, no explican plenamente
la capacidad cognitiva. Por lo tanto, aunque los
nombres dados al concepto han variado, existe
una creencia común de que las definiciones
tradicionales de inteligencia no dan una
explicación exhaustiva de su características.
El primer uso del término inteligencia emocional
generalmente es atribuido a Wayne Payne, citado
en su tesis doctoral: Un estudio de las
emociones: El desarrollo de la inteligencia
emocional, de 1985. Sin embargo, el término
"inteligencia emocional" había aparecido antes
en textos de Leuner (1966). Greenspan también
presentó en 1989 un modelo de IE, seguido por
Salovey y Mayer (1990) y Goleman (1995).
Como resultado del creciente reconocimiento por
parte de los profesionales de la importancia y
relevancia de las emociones en los resultados
del trabajo, la investigación sobre el tema
siguió ganando impulso, pero no fue hasta la
publicación del célebre libro de Daniel Goleman:
Inteligencia Emocional: ¿Por qué puede importar
más que el concepto de cociente intelectual?,
que se convirtió en muy popular. Un relevante
artículo de Nancy Gibbs en la revista Time, en
1995, del libro de Goleman fue el primer medio
de comunicación interesado en la IE.
Posteriormente, los artículos de la IE
comenzaron a aparecer cada vez con mayor
frecuencia a través de una amplia gama de
entidades académicas y puntos de venta
populares.
Aspectos biológicos
Imagen esquemática del cerebro. Para
comprender el gran poder
de las emociones sobre
la mente pensante —y la causa del frecuente
conflicto existente entre los sentimientos y la
razón— debemos considerar la forma en que ha
evolucionado el cerebro.
La región más primitiva del cerebro es el tronco
encefálico, que regula las funciones vitales
básicas, como la respiración o el metabolismo, y
lo compartimos con todas aquellas especies que
sólo disponen de un rudimentario sistema
nervioso. De este cerebro primitivo emergieron
los centros emocionales que, millones de años
más tarde, dieron lugar al cerebro pensante: el
neocórtex. El hecho de que el cerebro emocional
sea muy anterior al racional y que éste sea una
derivación de aquél, revela con claridad las
auténticas relaciones existentes entre el
pensamiento y el sentimiento.
El neocórtex permite un aumento de la sutileza y
la complejidad de la vida emocional, aunque no
gobierna la totalidad de la vida emocional
porque, en estos asuntos, delega su cometido en
el sistema límbico. Esto es lo que confiere a
los centros de la emoción un poder
extraordinario para influir en el funcionamiento
global del cerebro, incluyendo a los centros del
pensamiento.
La sede de las pasiones
Imagen anatómica del cerebro. La amígdala
cerebral y el hipocampo fueron dos piezas clave
del primitivo «cerebro olfativo» que, a lo largo
del proceso evolutivo, terminó dando origen al
córtex y posteriormente al neocórtex. La
amígdala está especializada en las cuestiones
emocionales y se la considera una estructura
limbica muy ligada a los procesos del
aprendizaje y la memoria. Constituye una especie
de depósito de la memoria emocional. Es la
encargada de activar la secreción de dosis
masivas de noradrenalina, que estimula los
sentidos y pone al cerebro en estado de alerta.
LeDoux descubrió que la primera zona cerebral
por la que pasan las señales sensoriales
procedentes de los ojos o de los oídos es el
tálamo y, a partir de ahí y a través de una sola
sinapsis, la amígdala. Otra vía procedente del
tálamo lleva la señal hasta el neocórtex —el
cerebro pensante—, permitiendo que la amígdala
comience a responder antes de que el neocórtex
haya ponderado la información.Según LeDoux:
«anatómicamente hablando, el sistema emocional
puede actuar independientemente del neocórtex.
Existen ciertas reacciones y recuerdos
emocionales que tienen lugar sin la menor
participación cognitiva consciente».
La memoria emocional
Las
opiniones inconscientes son recuerdos
emocionales que se almacenan en la amígdala. El
hipocampo registra los hechos puros, y la
amígdala es la encargada de registrar el «clima
emocional» que acompaña a estos hechos. Para
LeDoux: «el hipocampo es una estructura
fundamental para reconocer un rostro como el de
su prima, pero es la amígdala la que le agrega
el clima emocional de que no parece tenerla en
mucha estima». Esto significa que el cerebro
dispone de dos sistemas de registro, uno para
los hechos ordinarios y otro para los recuerdos
con una intensa carga emocional.
Un sistema de alarma anticuado
En el
cambiante mundo social, uno de los
inconvenientes de este sistema de alarma
neuronal es que, con más frecuencia de la
deseable, el mensaje de urgencia mandado por la
amígdala suele ser obsoleto. La amígdala examina
la experiencia presente y la compara con lo que
sucedió en el pasado, utilizando un método
asociativo, equiparando situaciones por el mero
hecho de compartir unos pocos rasgos
característicos similares, haciendo reaccionar
con respuestas que fueron grabadas mucho tiempo
atrás, a veces obsoletas.
En opinión de LeDoux, la interacción entre el
niño y sus cuidadores durante los primeros años
de vida constituye un auténtico aprendizaje
emocional, y es tan poderoso y resulta tan
difícil de comprender para el adulto porque está
grabado en la amígdala con la tosca impronta no
verbal propia de la vida emocional. Lo que
explica el desconcierto ante nuestros propios
estallidos emocionales es que suelen datar de un
período tan temprano que las cosas nos
desconcertaban y ni siquiera disponíamos de
palabras para comprender lo que sucedía.
Cuando las emociones son rápidas y toscas
La importancia evolutiva de ofrecer una
respuesta rápida que permitiera ganar unos
milisegundos críticos ante las situaciones
peligrosas, es muy probable que salvaran la vida
de muchos de nuestros antepasados, porque esa
configuración ha quedado impresa en el cerebro
de todo protomamifero, incluyendo los humanos.
Para LeDoux: «El rudimentario cerebro menor de
los mamíferos es el principal cerebro de los no
mamíferos, un cerebro que permite una respuesta
emocional muy veloz. Pero, aunque veloz, se
trata también, al mismo tiempo, de una respuesta
muy tosca, porque las células implicadas sólo
permiten un procesamiento rápido, pero también
impreciso», y estas rudimentarias confusiones
emocionales —basadas en sentir antes que en
pensar— son las «emociones precognitivas».
El gestor de las emociones
La amígdala
prepara una reacción emocional ansiosa e
impulsiva, pero otra parte del cerebro se
encarga de elaborar una respuesta más adecuada.
El regulador cerebral que desconecta los
impulsos de la amígdala parece encontrarse en el
extremo de una vía nerviosa que va al neocórtex,
en el lóbulo prefrontal. El área prefrontal
constituye una especie de modulador de las
respuestas proporcionadas por la amígdala y
otras regiones del sistema límbico, permitiendo
la emisión de una respuesta más analítica y
proporcionada. El lóbulo prefrontal izquierdo
parece formar parte de un circuito que se
encarga de desconectar —o atenuar parcialmente—
los impulsos emocionales más perturbadores.
Armonizando emoción y pensamiento
Vandalismos en forma de pintadas. El vandalismo
en wikis es otro ejemplo de actuación con
perturbación emocional. Las conexiones
existentes entre la amígdala (y las estructuras
límbicas) y el neocórtex constituyen el centro
de gestión entre los pensamientos y los
sentimientos. Esta vía nerviosa explicaría el
motivo por el cual la emoción es fundamental
para pensar eficazmente, tomar decisiones
inteligentes y permitimos pensar con claridad.
La corteza prefrontal es la región cerebral que
se encarga de la «memoria de trabajo».
Cuando estamos emocionalmente perturbados,
solemos decir que «no podemos pensar bien» y
permite explicar por qué la tensión emocional
prolongada puede obstaculizar las facultades
intelectuales del niño y dificultar así su
capacidad de aprendizaje. Los niños impulsivos y
ansiosos, a menudo desorganizados y
problemáticos, parecen tener un escaso control
prefrontal sobre sus impulsos límbicos. Este
tipo de niños presenta un elevado riesgo de
problemas de fracaso escolar, alcoholismo y
delincuencia, pero no tanto porque su potencial
intelectual sea bajo sino porque su control
sobre su vida emocional se halla severamente
restringido.
Las emociones son importantes para el ejercicio
de la razón. Entre el sentir y el pensar, la
emoción guía nuestras decisiones, trabajando con
la mente racional y capacitando —o
incapacitando— al pensamiento mismo. Del mismo
modo, el cerebro pensante desempeña un papel
fundamental en nuestras emociones, exceptuando
aquellos momentos en los que las emociones se
desbordan y el cerebro emocional asume por
completo el control de la situación. En cierto
modo, tenemos dos cerebros y dos clases
diferentes de inteligencia: la inteligencia
racional y la inteligencia emocional y nuestro
funcionamiento vital está determinado por ambos.
La naturaleza de la inteligencia emocional. Las
características de la llamada inteligencia
emocional son: la capacidad de motivarnos a
nosotros mismos, de perseverar en el empeño a
pesar de las posibles frustraciones, de
controlar los impulsos, de diferir las
gratificaciones, de regular nuestros propios
estados de ánimo, de evitar que la angustia
interfiera con nuestras facultades racionales y
la capacidad de empatizar y confiar en los
demás.
Medición de la inteligencia emocional y el CI
No existe un test capaz de determinar el «grado
de inteligencia emocional», a diferencia de lo
que ocurre con los test que miden el cociente
intelectual (CI). Jack Block, psicólogo de la
universidad de Berkeley, ha utilizado una medida
similar a la inteligencia emocional que él
denomina «capacidad adaptativa del ego»,
estableciendo dos tipos teóricamente puros,
aunque los rasgos más sobresalientes difieren
ligeramente entre mujeres y hombres:
«Los hombres que poseen una elevada inteligencia
emocional suelen ser socialmente equilibrados,
extravertidos, alegres, poco predispuestos a la
timidez y a rumiar sus preocupaciones.
Demuestran estar dotados de una notable
capacidad para comprometerse con las causas y
las personas, suelen adoptar responsabilidades,
mantienen una visión ética de la vida y son
afables y cariñosos en sus relaciones. Su vida
emocional es rica y apropiada; se sienten, en
suma, a gusto consigo mismos, con sus semejantes
y con el universo social en el que viven».
«Las mujeres emocionalmente inteligentes tienden
a ser enérgicas y a expresar sus sentimientos
sin ambages, tienen una visión positiva de sí
mismas y para ellas la vida siempre tiene un
sentido. Al igual que ocurre con los hombres,
suelen ser abiertas y sociables, expresan sus
sentimientos adecuadamente (en lugar de
entregarse a arranques emocionales de los que
posteriormente tengan que lamentarse) y soportan
bien la tensión. Su equilibrio social les
permite hacer rápidamente nuevas amistades; se
sienten lo bastante a gusto consigo mismas como
para mostrarse alegres, espontáneas y abiertas a
las experiencias sensuales. Y, a diferencia de
lo que ocurre con el tipo puro de mujer con un
elevado CI, raramente se sienten ansiosas,
culpables o se ahogan en sus preocupaciones».
«Los hombres con un elevado CI se caractericen
por una amplia gama de intereses y habilidades
intelectuales y suelen ser ambiciosos,
productivos, predecibles, tenaces y poco dados a
reparar en sus propias necesidades. Tienden a
ser críticos, condescendientes, aprensivos,
inhibidos, a sentirse incómodos con la
sexualidad y las experiencias sensoriales en
general y son poco expresivos, distantes y
emocionalmente fríos y tranquilos».
«La mujer con un elevado CI manifiesta una
previsible confianza intelectual, es capaz de
expresar claramente sus pensamientos, valora las
cuestiones teóricas y presenta un amplio abanico
de intereses estéticos e intelectuales. También
tiende a ser introspectiva, predispuesta a la
ansiedad, a la preocupación y la culpabilidad, y
se muestra poco dispuesta a expresar
públicamente su enfado (aunque pueda expresarlo
de un modo indirecto)».
Estos retratos, obviamente, resultan
caricaturescos pues toda persona es el resultado
de la combinación entre el CI y la inteligencia
emocional, en distintas proporciones, pero
ofrecen una visión muy instructiva del tipo de
aptitudes específicas que ambas dimensiones
pueden aportar al conjunto de cualidades que
constituye una persona.
La
inteligencia y la inteligencia emocional
Desde
siempre hemos oido que el C.I. era determinante
para saber si una persona tendría éxito en la
vida, un test podría marcar el futuro de su
éxito académico y profesional. Sin embargo, hace
ya varios años que desde el ámbito empresarial
se dieron cuenta de que son otras capacidades
las necesarias para el éxito en la vida. Y esas
no las medía ningún test de inteligencia.
Piense por un momento la importancia que las
emociones tienen en nuestra vida cotidiana y
rápidamente se dará cuenta de que la mayoría de
las veces marcan todas nuestras decisiones casi
sin percatarnos. ¿Compro su coche haciendo
calculos de rentabilidad? ¿Eligio su pareja
porque objetivamente era la mejor opción? ¿Eligió
su trabajo porque le ofrecia el mejor sueldo? La
mayoría de nuestras decisiónes están tintadas (si
no dominadas) por las emociones.
Ante esto hay que admitir que hay gente con un
dominio de su vida emocional mucho mayor que
otra. Y es curioso ver que poca correlación hay
entre la Inteligencia clásica y la Inteligencia
Emocional. Un caso extremo sería el típico "empollón"
, que llevado al límite es una máquina
intelectual pero con una vida emocional
desastrosa. Por otro lado podemos encontrarnos
con gente que no paso de la escuela primaria
pero que llevan una vida exitosa y poseen una
vida ordenada y envidiable. Estos casos extremos
no son lo común, pero es necesario darse cuenta
de que hay que prestar mayor atención a este
tipo de habilidades que pueden marcar nuestra
vida tanto o más que el C.I.
Componentes de la Inteligencia Emocional
Según Daniel Goleman los principales componentes
de la inteligencia emocional son:
* Autoconocimiento emocional (o conciencia de
uno mismo) : Se refiere al conocimiento de
nuestras propias emociones y cómo nos afectan.
En muy importante conocer el modo en el que
nuestro estado de animo influye en nuestro
comportamiento, cuales son nuestras virtudes y
nuestros puntos débiles. Nos sorprenderíamos al
saber cuan poco sabemos de nosotros mismos.
* Autocontrol emocional (o autorregulación) : El
autocontrol nos permite no dejarnos llevar por
los sentimientos del momento. Es saber reconocer
que es pasajero en una crisis y qué perdura. Es
posible que nos enfademos con nuestra pareja,
pero si nos dejásemos siempre llevar por el
calor del momento estaríamos continuamente
actuando irresponsablemente y luego pidiendo
perdón por ello.
* Automotivación : Dirigir las emociones hacia
un objetivo nos permite mantener la motivación y
fijar nuestra atención en las metas en lugar de
en los obstáculos. En esto es necesaria cierta
dosis de optimismo e iniciativa, de forma que
seamos emprendedores y actuemos de forma
positiva ante los contratiempos.
* Reconocimiento de emociones ajenas (o empatía)
: Las relaciones sociales se basan muchas veces
en saber interpretar las señales que los demás
emiten de forma inconsciente y que a menudo son
no verbales. El reconocer las emociones ajenas,
aquello que los demás sienten y que se puede
expresar por la expresión de la cara, por un
gesto, por una mala contestación, nos puede
ayudar a establecer lazos mas reales y duraderos
con las personas de nuestro entorno. No en vano,
el reconocer las emociones ajenas es el primer
paso para entenderlas e identificarnos con
ellas.
* Relaciones interpersonales (o habilidades
sociales) : Cualquiera puede darse cuenta de que
una buena relación con los demás es una de las
cosas más importantes para nuestras vidas y para
nuestro trabajo. Y no solo tratar a los que nos
parecen simpáticos, a nuestros, amigos, a
nuestra familia. Sino saber tratar también
exitosamente con aquellos que están en una
posición superior, con nuestros jefes, con
nuestros enemigos...
La inteligencia emocional en el trabajo
Actualmente son muchas las empresas que están
invirtiendo mucho dinero en formar a sus
trabajadores en Inteligencia Emocional. Y esto
es así porque se han dado cuenta de que la clave
del éxito, la clave de las ventas, está en el
grado en el que los trabajadores de una empresa
conozcan y controlen sus emociones y sepan
reconocer los sentimientos de los clientes.
Imaginen el caso de un vendedor que no tuviera
habilidades de trato con el público, un
empresario sin motivación por su empresa o un
negociador sin autocontrol. A estas personas un
Master en Harvard no les servirá de nada, porque
tardarán poco el echar a perder su trabajo por
un mal conocimiento de sus emociones.
Tengan en cuenta que en las selecciones de
personal se tiende cada vez más a poner al
candidato en situaciones incomodas o estresantes
para ver su reacción. Los tiempos del simple
test y curriculum pasaron a la historia, puesto
que es necesario ver cómo reacciona el individuo
ante las situaciones clave que se encontrará en
su trabajo.

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