El luto

Mi sufrimiento tiembla en las ramas del árbol

Silencioso en los dedos del Invierno.

Como una alborada congelada

Manchados en lienzos del crepúsculo

Forcejean en el aire mutilado.

Todas las tardes camino con él

Enmarañado en cada aliento de niebla

Y cada nudo siempre apretando. 

--Louis Cerulli 
 

El luto es una experiencia de la cual no podemos escapar. Hay una mínima forma de escondernos del sufrimiento emocional que nos causa la muerte de un ser querido y no existe la posibilidad de aislarnos a nosotros mismos del mundo que incluye la pérdida de trabajo, enfermedades catastróficas, divorcios, abuso, acoso y violación. El luto crea una angustia intensa y un dolor indiscutible. Es complejo y constante. No importa qué tanto nos esforcemos por eludirlo, la posibilidad del dolor siempre está presente en nuestras vidas.
Mientras que el dolor es inevitable, la mayoría de las personas no están preparadas para los tumultuosos sentimientos y pensamientos que trae. El trauma de una muerte o una pérdida deja a muchos de nosotros sintiéndonos ansiosos, aturdidos, aislados, impresionados, confundidos, vacíos, deprimidos, irritables, enojados, tristes. Los sentimientos del duelo hostil y ajeno y no estamos seguros de cómo seguir adelante. El sentimiento de estar paralizado e inmovilizado por la dura realidad se apodera de nosotros.
El luto crea una sensación de caos. Destruye nuestra conexión con una realidad familiar, moldeada y confortable. Nos roba nuestros sueños y nos engaña con nuestro futuro. Lo que era, ha terminado. Mientras que el mundo continúa apresurado y vibrante nuestro mundo se detiene. El tiempo se detiene para nosotros. A pesar de nuestros sentimientos, el mañana continúa llegando.
El luto cambia irrevocablemente nuestras vidas. Lo que creíamos ayer puede que ya no mantenga ninguna realidad. Nuestra mente da vueltas en el dolor por las oportunidades desperdiciadas, las palabras desagradables o duras que dijimos y en las promesas que hicimos que nunca mantuvimos. Cualquier cosas que creamos para lo que la vida nos haya preparado, siempre somos ingenuos al dolor. El sufrimiento es una prueba de verdadero coraje y la tenacidad del espíritu humano. El luto siempre nos recuerda la fragilidad de la vida y la necesidad de vivir la vida en su momento. La historia anterior escrita por Ralph Robinson nos habla de estas solemnes verdades.
Lo que nos trae la profundidad del dolor y la angustia de la muerte o pérdida es el convencernos que somos impotentes e incapaces de sobrevivir. Queremos una respuesta mágica o por lo menos queremos una forma de calcular el tiempo que nos tomaría sanar—alguna garantía de que no vamos a sufrir por la eternidad. El acto del sufrimiento es debilitante y exhaustivo. Su duración es indefinida.

El luto nos causa traumas físicos, emocionales, espirituales y a nuestro ser cognoscitivo. El pecho y el abdomen nos duelen siempre. Tenemos problemas para respirar, concentrarnos y pensar. Experimentamos el aislamiento social y la presión económica. Los amigos, la familia y los compañeros de trabajo sirven de fuente como consuelo y ánimo o puede que a ellos no les importe o no lo comprendan. Podemos escuchar nuestra satisfacción por temas vacíos y clichés insensatos o podemos ser muy afortunados para descubrir una red de apoyo para tranquilizarnos y ayudarnos. Nuestra fe religiosa puede estar a prueba mientras luchamos con el pensamiento de cómo algo malo nos pudo pasar. Por mucho, la muerte puede parecer el único alivio del peso opresivo del dolor.
Cuando tratamos de ignorar o negar el dolor, éste trata de buscar la manera de ser reconocido. El dolor no se evapora o se disipa porque nosotros ignoremos nuestras emociones. Esas emociones solamente se expresan por sí solas en otro camino indirecto. La adicción, el abuso u otros comportamientos destructivos son substitutos pobres para el trabajo del dolor. Por mucho, el evitarlo nos lleva a la desesperación y a la depresión—una incapacidad para tan siquiera encontrar una pequeña esperanza en el día más radiante. El luto no es un anfitrión amable. Toma su partida cuando él está listo, no cuando nosotros estamos listos.



No hay dos personas que experimenten el luto de la misma manera. Ya sea hombre o mujer, viejo o joven, sueco o Nativo Americano, Protestante o Católico Romano el luto es un proceso individual. Es un latido rítmico único de corazón de cada uno o el paisaje caleidoscópico de la mente de cada uno. Nuestro dolor es solamente nuestro. Cómo nosotros reaccionamos, procesamos o sobrevivimos al dolor depende de un sinnúmero de factores que solamente nosotros conocemos. No existe una receta de cinco pasos a seguir, no hay plantillas que determinen, manejen o prescriban cómo cada uno sufrirá. Después de todo somos individuos.
Aunque expresados de una forma única e individual, el dolor tiende a manifestarse en patrones y procesos generales. Mucha gente dice que ellos encontraron algún tipo de consuelo al saber qué etapa o pasos del luto podrían experimentar mientras luchan para sanar. Todavía no existe un mapa que pueda definir con precisión nuestro camino a través del luto. Lo único que nosotros tenemos son puras generales, rayos de luz que iluminan nuestro oscuro y estrecho camino. Como mucha gente sabe, el proceso del luto no es fácil de definir.
La vida es sobre cambios y las ocasiones de cambio presentes para el crecimiento, la adaptación y la renovación. Algunas veces toleramos o permitimos el cambio. En otras ocasiones, somos arrastrados pasivamente sin poder resistirnos a su poderosa fuerza. El luto es el director del cambio. Las muchas opciones y decisiones a las que nos enfrentamos en nuestro dolor alteraran indiscutiblemente el camino de nuestra vida. Nuestro camino ha cambiado, externa e internamente. No hay marcha atrás, no hay forma de recobrar el pasado. Estamos en un estado destrozo de incertidumbre.
Muchos de nosotros respondemos al luto con negación, cólera, amargura y desesperación. Reñimos en contra de la devastación que nos ha ocurrido y peleamos desesperadamente por controlar lo que ha quedado de nuestra vida. Otros vienen a tratar el luto como un proceso de descubrimiento y permitirle transformar sus actitudes, prioridades y perspectivas de la vida. Ellos persisten en sobreponer la crisis de su vida y aferrarse a la promesa de sanación. Muchas cosas buenas en nuestro mundo, como los esfuerzos de Ralph para llevar la música a nuestro dolor, pueden atribuirse a aquellos que dirigen causas y preocupaciones que nacen de su luto.
El cambio es inevitable en el luto, pero raramente es predecible. La sanación sí sucede, la vida desarrolla un nuevo ritmo y patrón, pero cómo o cuándo va a suceder es parte del desconocimiento del luto. El dolor no se puede apremia o apresurar.
El luto es una experiencia como ninguna otra en la vida. La mayoría de nosotros encuentra imposible comprender el duro giro que nuestra vida ha tomado y buscamos desenfrenadamente el orden, la sanidad y la compasión. Lo que la gente desea, casi instantáneamente, y algunas veces secretamente, es el apoyo. Sabemos que no podemos enfrentar nuestra tragedia solos, y no podemos sobrevivir en la soledad. El luto es un tiempo de necesidad.
Aunque la tragedia con frecuencia separa a la gente y hace más obvia la diferencia radical en los estilos de arreglárselas. Esta división es más evidente entre géneros. En un momento, cuando los padres apesarados quieren mantenerse unidos el uno con el otro para encontrarle sentido a la muerte cruel y prematura de un niño, cuando un esposo sin trabajo quiere el ánimo de su esposa mientras busca un nuevo empleo, cuando una mujer atacada por el cáncer quiere la comprensión de su compañero mientras ella enfrenta un agotador curso de radiaciones y cirugía, los sexos con frecuencia no saben comunicar su dolor o conseguir el apoyo el uno del otro.
Los hombres y las mujeres que son parejas íntimas tienen una conexión privilegiada forjada de amor, respeto y admiración. Esta conexión le da a la pareja una capacidad enorme para confortarse y darse consuelo el uno al otro. En el mejor sentido, la unión le da a las parejas la habilidad de ver más allá de las diferencias y asirse firmemente ala línea de la vida de la esperanza. “Diferente” no tiene porqué significar malo o incorrecto, inferior o deficiente. Y “diferente” no tiene que terminar en la ausencia de comunicación y apoyo.
 

 

Extraído del Libro CUANDO LOS HOMBRES
ESTÁN DE LUTO

Licenciada Elizabeth Levang

 puedes bajar el libro aquí




            
                            
                            
            
 







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