Pautas para hacerle frente:


 

Durante estas fiestas parece que necesitamos con mayor intensidad estar en compañía de alguien.


La llegada de la Navidad trae consigo la necesidad de sentirse feliz, acompañado; de compartir momentos y emociones que por estas fechas se hacen más patentes que durante el resto del año.

Son días que parece que estamos "obligados" a compartir con nuestros amigos y familiares, en los que "toca" estar feliz, pero para muchas personas no se da la oportunidad.

Sin querer, los medios de comunicación y la publicidad enfatizan la necesidad de estar acompañado en Navidad. Esta presión crea en todos nosotros una necesidad casi enfermiza de estar acompañados.

Sin embargo, para muchas personas la Navidad es una época del año como otra cualquiera: personas que están solas en sus casas, trabajando, de guardia, en un hospital, muy lejos de sus familias? Esto no debería deprimirles, porque hay muchísima gente en sus mismas circunstancias, pero saber esto, ¿realmente alivia su situación?

Tal vez para ellos estas fechas sean solo un mes más durante el cual observan desde una ventana la felicidad "dirigida" de los demás, mientras que sus rutinas en estos días no se diferencian de las del resto del año. Pero es probable que aún teniendo una actitud así, quienes se encuentran solos por estas fechas no puedan evitar sentir cierta tristeza.

Está demostrado que la Navidad hace más obvio el sentimiento de soledad, y las estadísticas nos muestran que por estas fechas las personas se deprimen más y aumenta el número de suicidios.

Pero la soledad es un mal de nuestro tiempo que se fundamenta en la ausencia real o sentida de relaciones personales y sociales satisfactorias; no es un problema que concierna solamente a la persona, sino que también es un problema relacional.

¿Cómo luchar contra el sentimiento de soledad en navidad?

Lo más importante es ser consciente de que la soledad afecta a muchas personas y que, por tanto, no somos los únicos que estamos en esa situación.

 

Te propongo algunas pautas para que este sentimiento de soledad no derive en depresión:

1. Valorarnos más. Debemos atrevernos a encontrar la Navidad dentro de nosotros. Invitemos también a disfrutarla a nuestros recuerdos.

2. Encontrar nuevas aficiones que faciliten nuestra relación social; busquemos actividades con personas afines a nosotros.

3. Salir nosotros a buscar a los demás, y no esperar que la gente llame a nuestra puerta.

4. Mantener esos encuentros para afianzar una posible amistad futura.

5. Toda interacción con los demás es positiva; recuperar la relación con antiguos amigos, familiares lejanos que hace siglos que no vemos, insertarnos en nuestro grupo de trabajo, saludar a la chica de la panadería. Todas estas situaciones nos ayudarán a no sentirnos tan solos en estas fechas.

A pesar de estos esfuerzos, es posible que por problemas de nuestro carácter, de nuestra personalidad -la baja autoestima, la extrema timidez, serias dificultades de comunicación- nos resulte imposible hacer frente a esta situación. En este caso es importante buscar un buen profesional que nos ayude a salir adelante.


CAROLINA GARCÍA



 

LA SOLEDAD EN LA NAVIDAD

No es raro que muchas personas sientan que en la época de navidad aumenta su soledad. Se sienten raras y anormales por lo que experimentan.
Es muy importante que no se comparen con nadie, especialmente con personas conocidas que tienen familia, amor, etc.
Además les ayudará leer el siguiente texto.
Feliz Navidad a todos, los solos y los acompañados, los que están en su tierra y los que no lo están.



Si esta navidad te sientes solo o sola, quiero compartir estas reflexiones para acompañarte. Las tomé de un artículo que escribí hace tiempo titulado “Reconciliarse con la soledad de la vida”.
La soledad es un fenómeno muy amplio que abarca muchos elementos y puede ser reflexionado desde la filosofía, la teología, la psicología, la medicina, la antropología, etcétera. También puede ser vista como algo negativo o positivo, como enemiga o aliada.

La soledad es una paradoja, algo que incluye elementos contradictorios. Por un lado, el aislamiento físico no significa necesariamente soledad, pues una persona puede estar en comunión con los demás a distancia y sentirse cercano a los que se quiere. En muchas ocasiones la soledad física ayuda a sentir la comunión que existe con los demás. Por otro lado, la compañía física no implica acabar con la soledad. Entre los casados hay un gran número de mujeres y hombres, con una enorme soledad afectiva aunque tengan interacción física. Si alguien pretende deshacerse de la soledad casándose comete un gran error.

¿Por qué le tememos tanto a la soledad? Porque cuando ésta no es aceptada ni trabajada nos afecta de muchas maneras. James Lynch advierte que la soledad puede causar hábitos destructivos, mala salud y muerte prematura. La soledad estimula sentimientos de ansiedad, desprotección, abandono y, sobre todo, de indefensión, sentimientos dolorosos y desagradables que llevan a la angustia. Ésta, es la “angostura” de los pensamientos en una sola línea que se repite obsesivamente. Algunas formas de soledad también colaboran a caer en una depresión que quita el ánimo de la vida.

Por otra parte, la baja autoestima contribuye mucho a que la soledad llegue a ser destructiva, pues al no tener una buena valoración personal el mundo se convierte en amenaza más que en oportunidad de realización. La baja autoestima fomenta el desánimo, la desesperanza, propicia que la persona se centre en lo negativo, el fatalismo, en esperar la solución de fuera y no de dentro. Aquí hay una invitación a trabajar la autoestima.

La soledad asumida y aceptada favorece la buena salud, el fortalecimiento personal y la capacidad de establecer relaciones interpersonales nutricias.

La soledad es tan necesaria que su falta nos puede distraer de una tarea muy importante en la vida: ser nuestros propios acompañantes. Por querer apagar el sentimiento de soledad, por buscar una compañía, no descubrimos que somos excelentes acompañantes de nosotros mismos.

La soledad ayuda a conocer, sin evasiones, la propia riqueza, singularidad, valía y límites. Es preciso estar solos, de manera física y emocional, para poder apoyarnos en nosotros mismos. Paradójicamente, cuando aprendemos a estar solos tenemos más posibilidades de entrar en comunión con los demás. Es necesario que la persona aprenda primero a vivir sola para que desde la libertad escoja una pareja. La soledad está íntimamente relacionada con la comunión.

No puede haber comunión si no ha habido una soledad que me permita trabajar y madurar mi persona, reconociendo que los demás me ayudan a esto.

Para reconciliarse con la soledad de la vida ayuda mucho que la persona confíe en sí misma y acepte su experiencia emocional (todos los sentimientos), pues el cuerpo tiene una sabiduría interior que salva. Confiar en uno mismo es fundamental para la vida y requiere de fuerza interior. Por ello, uno de los mayores regalos que les podemos dar a los demás es colaborar para que confíen en sí mismos. No fomentarles la autodesconfianza diciéndoles lo qué deben hacer, o darles las recetas de la vida, y siendo su director.

La relación con Dios también ayuda mucho a madurar en la aceptación de la soledad. La relación afectiva con Jesucristo llega a ser tan profunda, que queda un deseo permanente de revivirla, y así se convierte en algo muy atrayente.
Te deseo la felicidad de contar contigo mismo o misma.

Luis Valdez Castellanos sj


 


Navidad esa extraña soledad

Antes, los preparativos de las Navidades comenzaban dos días antes. Sabíamos que comenzaba un tiempo nuevo, un tiempo de rito y de celebración. No sabíamos que contribuíamos al canto de la vida que supone la fiesta del solsticio de invierno para que no se acabase la luz y volviera a salir el sol después de la noche más larga del año.

“Los ritos son necesarios”, le dice el zorro a su nuevo amigo, el Principito, “un rito es lo que distingue un día de otro, un tiempo de otro similar”. ¿Qué más dará una fecha que otra si el tiempo es usura de la vida? Pero los seres humanos necesitamos la celebración siguiendo el curso de la naturaleza. Antes, celebraban la siega o la vendimia, los ritos de amor o de paso. O fiestas religiosas que venían a coincidir con ancestrales costumbres relacionadas con los ciclos de la agricultura. Hoy celebramos el permanecer vivos y tratamos de dar sentido a cada momento de nuestra existencia porque se nos escapa el sentido de una vida. Algo no va bien en el mundo y no nos atrevemos a acometer las causas contentándonos con aliviar algún efecto de esa injusticia estructural, para calmar algo la conciencia, de ahí las limosnas y los aguinaldos. Pero nos lanzamos en la vorágine de un consumismo descabellado. Nos echamos a la calle a comprar para éste o para el otro, mientras durante el resto del año no somos capaces de encontrar un momento para saber cómo se encuentra, para escucharlo. En estos momentos corremos el riesgo de convertir “al otro” en objeto de nuestra solicitud, cuando el otro siempre es sujeto que sale al encuentro y nos interpela.

Esta es nuestra asignatura pendiente, escuchar y acoger, dejarnos querer sin abrumar con nuestros consejos o con nuestros regalos. Dejar a las personas como están sin intentar cambiarlas. ¿Por qué cuando alguien dice que nos quiere pretende cambiarnos? Pero si tú me has conocido así, como un disparate que contrastaba y complementaba el tuyo, ¿por qué ahora que vamos madurando pretendemos cambiarnos? Deja a las piedras que sean piedras sin intentar transformarlas en pan. Cuando nos conocimos, yo era un abedul y tú una palmera, nos reíamos y nos sabíamos alas de un mismo vuelo, no nos deteníamos a mirarnos uno al otro sino que aprendimos a mirar juntos en la misma dirección. Aprendimos a compartir el pan y el vino pero sin morder el mismo trozo ni servirnos del mismo vaso. Aquel día, después de una crisis, comprendimos las palabras de Khalil Gibrán: sed como las columnas del templo, todas sostienen la bóveda pero el aire circula entre ellas.

Así nosotros en estos días de algarada tratemos de recuperar la cordura: no es Navidad porque lo digan los grandes almacenes. No es preciso agobiarnos gastando un dineral y perdiendo los papeles. Ni tan siquiera es necesario comer y beber hasta hartarse y perder el gusto por la comida y la bebida. Nos obligamos a reír y a divertirnos y, al final, es eso: nos di-vertimos, nos apartamos de nosotros mismos y del camino, extraviándonos. ¿No es en estas fiestas cuando nos acomete una extraña soledad, una especie de vacío que llamamos nostalgia y que no es más que hastío? Se diría que tenemos que caer bien a todo el mundo, felicitar hasta a las farolas y empeñarnos en retrasar la hora del sueño como si temiéramos no seguir viviendo. Esta es la más oculta razón de los ritos en el solsticio de invierno mientras que, en el de verano, por San Juan, tenemos que celebrar con cantos, bailes y hogueras la necesidad de afirmarnos y de perpetuarnos con todo nuestro ser.

Para esto sirven los ritos y las celebraciones, para afirmarnos y aceptarnos, para asumir nuestra maduración y tratar de ser coherentes con las aportaciones de ese tiempo nuevo que vamos haciendo, porque el tiempo no existe. Según lo vamos necesitando lo vamos hilando; por eso hay un tiempo cronos, siempre igual, y un tiempo kairós, un tiempo existencial, de plenitud y de alborozo, de celebración y hasta de exceso. Como aquel tiempo que eternizaba Zorba cuando bailaba el sirtaki en la playa inmensa sin consuelo por la muerte de su único hijo.

Por eso tenemos que aprovechar todos los momentos especiales para hacernos cómplices con la vida, y sostener con Sábato: “Tengo la convicción de que debemos penetrar en la noche y, como centinelas, permanecer en guardia por aquellos que están solos y sufren el horror ocasionado por este sistema que es mundial y perverso. Un grito en la mitad de la noche puede bastar para recordarnos que estamos vivos, y que de ninguna manera pensamos entregarnos”. Reconocer que nos debemos a nosotros mismos un gesto absoluto de confianza en la vida y de compromiso con el otro. Así lograremos trazar un puente sobre el abismo. Es una decisión que en este momento nos debe abrasar el alma. Como el auténtico honor, que no es sino un reconocimiento que la persona de bien se hace a sí misma. Y el camino, como sugería Kafka, consiste en ahondar en el propio corazón porque eso significa ahondar en el corazón de todos los seres humanos. Ya que todos nos buscamos sin saberlo.



José Carlos García Fajardo

Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM)

Director del CCS

nesemu@telefonica.es

 




Cris Carbone