El abuso sexual infantil es
una experiencia aterradora y traumática que prolonga sus efectos en la vida
adulta del niño o niña.
No debe considerarse que abuso sexual es sinónimo de penetración, el abuso es un
concepto más amplio; cuando incluye la penetración entonces se lo califica como
violación. Existen distintas formas y grados de abuso: sexual, físico (castigos
corporales), emocional o psicológico. Las estadísticas muestran que la mayor
parte de los abusos sexuales ocurren dentro de la misma familia del niño, es
importante reconocer que en todos los casos, cuando esto ocurre, el niño o niña
abusada, reaccionan con una confusión de sentimientos sintiéndose, a menudo,
responsables por lo ocurrido. Este sentimiento les inhibe la sana expresión del
enojo y los incapacita a
denunciar al abusador. Se sienten confundidos, temerosos, solos, abandonados,
pierden la confianza en los demás, todos se vuelven peligrosos. Cuando la
situación es de incesto, es decir el abusador es un miembro directo de la
familia, no creen en la ayuda que les pueden proporcionar sus figuras
significativas pues de ellos mismo viene el abuso. Cuando superan la dificultad
y pueden hablar del tema con sus padres u otro familiar, a menudo sus denuncias
no son creídas, los hechos son privados de su verdadero significado y se
atribuyen a fantasías infantiles.
Estas situaciones de abuso producen un gran daño en el desarrollo del niño/a,
creando los cimientos para conductas que le producirán grandes dificultades en
su vida adulta. Los padres, los familiares, los maestros y los profesionales de
la salud que descubran o sean consultados por estas situaciones deben actuar con
la rapidez y responsabilidad que el tema exige. Hay obligación legal de hacer la
denuncia correspondiente, esto permitirá ayudar al niño agredido y
también al agresor para que entendiendo la implicancia de su conducta pueda
buscar la ayuda necesaria para terminar con ella. Poder ayudar al niño a que la
situación de abuso no se repita, hacer que pueda sentir el apoyo y la
comprensión de sus mayores para sanar la herida producida es un deber.

Lamentablemente son muchos las personas que llegan a la vida adulta sin haber
podido superar esas heridas tan traumáticas de su infancia. Ellos mismo han
optado por encerrar esa historia en un lugar muy oculto de su vida, a veces han
creado sus propias explicaciones que pretenden minimizar la importancia del
hecho, pero en todos los casos el análisis de conductas presentes, su forma de
relacionarse con otros, su manera de vivir en pareja, su capacidad e interés
sexual permiten ver reflejadas las cicatrices mal cerradas de aquellas
situaciones traumáticas.
Cuando estos adultos abusados son ayudados a expresar sus sentimientos ahogados,
ocultados y negados, cuando mediante el trabajo terapéutico se les permite
vencer la vergüenza y la culpa que arrastran desde su niñez, entonces se les
abre la posibilidad de sanar las heridas sufridas y modificar conductas que le
entorpecen el camino hacia el bienestar.

Tienen que aceptar que no fueron ellos los causantes del abuso, que tuvieron la
desgracia de estar al lado de gente muy enferma psicológicamente, que fueron sus
víctimas cuando aún carecían de las armas necesarias para entender la situación
y defenderse.
Considero que cuando el abusado tiene la valentía de trabajar sobre lo sufrido
en forma grupal esto le permite reconocer y recorrer las dolorosas cicatrices
compartiendo los sentimientos de dolor, vergüenza, culpa, odio junto a los
compañeros del grupo y, que desde allí, puede edificar una nueva realidad que le
permita una mejor relación con las personas y con su pareja, comenzar a creer en
su propia sexualidad y generar auto confianza en un futuro sexual sano.
Por el contrario cuando no se enfrenta la cura y se guarda el secreto sobre
aquella experiencia traumática, se la niega o minimiza con comentarios tales
como ¡bueno, fue solo una vez!; ¡mejor olvidarlo!; ¡me tocó, ya no se puede
hacer nada!; ¡Dios quiso que así fuera! la víctima permanece consciente o
inconscientemente dominada por sentimientos que a menudo son la razón de
vínculos de pareja víctima-victimario y relaciones sexuales insatisfactorias.
Generalmente cuando se habla de abuso sexual se consideran situaciones que
tienen alta relación con contactos físicos o penetración, pero existe una forma
muy frecuente de abuso que se lo llama abuso emocional o incesto encubierto,
cuando el abusador es un miembro directo de la familia.
En este tipo de abuso el sufrimiento y las consecuencias del mismo pueden ser
equivalentes, pero la identificación del abuso se hace más difícil pues es
sutil, no hay daño físico directo y a menudo se confunden con relaciones de
cariño. Es frecuente también que la situación de abuso sea descubierta como tal
mucho después de ocurrida, cuando buscando las causas de conductas presentes
podemos vincularlas a nivel consiente con hechos vividos en la infancia.
Cuando la madre o el padre impulsado por la soledad o falta de interés en su
matrimonio convierten al hijo en el receptor del impulso amoroso que debería
volcar a su pareja hacen del niño su compañero sustituto. El niño-a se convierte
en el objeto amoroso, ya no filial, sino en otro de alto contenido sexual
entonces es abusado, manipulado, usado para permitir sustituir la carencia
afectiva que padecen. En el caso de padres o madres solos esta conducta es más
frecuente y a menudo las exigencias hacia el niño o la niña se acentúan a
niveles aún más perjudiciales para el sano crecimiento del hijo.
Cuando el niño-a se siente atrapado en la conflictiva familiar todos sus
intentos de autonomía, de desarrollar amistades, de jugar, de ser y comportarse
como un niño, quedan frustrados por sentimientos de culpa. El-ella se cree
responsable de los problemas de sus padres, siente la obligación de ayudar a
resolverlos, de llenar las carencias que existen entre ellos. Sus necesidades y
deseos quedan postergados ante la enorme responsabilidad de resolver un
problema que no le pertenece.
El niño-a descubre que él es el lazo que une a la pareja, siente que él es lo
que mantiene unidos a sus padres, entonces adopta el rol de protector, no debe
causar problemas, debe acompañarlos siempre. Cuando él-ella está en medio de las
peleas de los padres, es invadido por el pánico y el miedo a la separación, se
siente en la obligación de intervenir y tomar partido. Poco a poco este tomar
partido genera alianzas, el niño-a asigna a uno el papel de víctima y al otro el
de victimario. Entonces el padre víctima y el niño-a crean una relación donde
este-a se convierte en el cónyuge sustituto.
Un vínculo sano en la pareja crea límites en la relación con los hijos, canaliza
correctamente los sentimientos y las energías sexuales. Los padres tienen el rol
de proteger, guiar y acompañar en el crecimiento a sus hijos. Pero, cuando las
necesidades del niño no son escuchadas y pesan más las del padre o madre,
exigiendo o buscando en el niño-a lo que deberían obtener de la pareja se cruza
el límite entre la función paterna y el amor incestuoso y el niño-a queda
sometido al deseo de los padres.
No hacen falta insinuaciones sexuales, ni toqueteos, la sola vivencia de un
matrimonio que no funciona, donde no hay amor, ni respeto mutuo, donde se vive
en medio de descalificaciones recíprocas y se mantiene una doble moral es
suficiente para crear una atmósfera de energía sensualizada que se vierte sobre
el niño.
La confusión de sentimientos y la incapacidad de comunicarlos que el niño-a
tiene en su edad temprana lo llevan a menudo a sentirse responsable de
situaciones que él no genera.
Veamos algunos relatos de miembros de los talleres de Sanación del Niño
Interior:
José cuenta: ¡Mi madre siempre insistía en lavarme los genitales, aun cuando yo
era más grande y lo podía hacer yo mismo. A veces era incómodo y otras lo
disfrutaba. Yo no sabía que pensar. En otras oportunidades me besaba en los
labios; a menudo me excitaba al mirarla.
Dentro de mi yo pensaba que era raro y malo, me preocupaba que alguien se diese
cuenta de la situación. Hasta el día de hoy siento como que yo era un pervertido
porque me excitaba sexualmente ante la presencia de mi madre.
Erick quien tenía un padre alcohólico y una madre posesiva nos cuenta: ¡Mi madre
y yo peleábamos mucho, pero yo era capaz de matar a cualquiera que la tocase o
le hablara mal, incluyendo a mi padre. También sentía rabia cuando ella le
prestaba atención a mi padre u a otros. Era mía y yo no la iba a compartir!.
Mónica nos dice ¡Siempre me sentí especial siendo la nenita de papa sobre todo
cuando me traía regalos a mí y no a los demás. Yo quería estar con él
dondequiera que fuese, estaba enamorada de mi papá.!
Cuando el abuso es directo la víctima se siente avergonzada, maltratada,
sometida, encerrada en una situación para la cual no ve salida, llena de
confusión siente enojo y rabia; en cambio cuando el abuso es encubierto la
víctima se siente idealizada, privilegiada, lo más importante para su padre o
madre. Pero, debajo de la delgada máscara de sentirse elegida se van generando
sentimientos equivalentes a los del abuso directo.
Cuando se ha tenido que jugar el rol de sostén del padre o la madre La sensación
de explotación resultante es inicialmente negada, disfrazada de obligación de
buen hijo-a, de ilusión de estar brindado amor al progenitor. Cuando adultos
quedan aferrados a una forma de vida que les hace seguir con esa relación
especial con su progenitor: siempre están complaciendo a papá o mamá, siguen
idealizando la relación y niegan el dolor y sufrimiento de la infancia. Cuando
establecen relaciones con otros adultos generalmente toman el rol de
protectores, se brindan a ellos en forma desmedida, necesitan ser necesitados.
Veamos este relato de Jorge, otro participante de los talleres de Sanación sobre
la causa de su divorcio: ¡Ana se harto de que yo siempre ponía a mi mamá en
primer lugar, por ejemplo estábamos disfrutando de un domingo que era el único
día que teníamos para nosotros y mamá me llamaba entonces yo corría a su lado
sin hacer ningún intento de evitarlo o postergarlo. Yo sabía que afectaba mi
matrimonio pero no podía soportar la culpa de no hacer lo que mi madre quería,
me sentía atrapado, entonces cuando mi esposa me cuestionaba me enojaba con ella
y la acusaba de ser egoísta.
Finalmente Ana se divorció de mí. Yo nunca pensé que mi relación con mi madre
era tan perjudicial. Cuando soltero ella siempre me hizo sentir el hombre de la
casa; lo que sentía por ella era algo especial para mí, pero ahora me siento
enojado, confuso!.
Susana una profesional de 40 años, brillante, atractiva, no se casó, aunque
quiso hacerlo, comparte en el grupo lo siguiente: ¡Desde que comencé a salir con
muchachos, siempre los traje a casa para que papá los aprobara, pero nunca lo
hacía, una relación seguía a la otra y yo aceptaba la opinión de mi padre,
sentía que no encontraría un hombre tan bueno como mi papá.
Con el tiempo mis relaciones se volvieron menos significativas y exclusivamente
sexuales, me convertí en una adicta al sexo. Cuando me di cuenta que para sentir
excitación sexual comencé a ser abusada físicamente, busque ayuda profesional.
Me había alejado mucho de mi sueño original de casarme con un hombre tan bueno
como mi papá. En la terapia entendí que el amor especial de mi papá por mí, en
realidad me quitaba la libertad, me impedía ser yo misma, me avergonzaba y
enojaba. No tenía ni idea de que ser la nena de papá me iba a marcar una vida de
dolor y soledad!.
Estas historias han sido relatadas por personas que han sufrido abuso emocional.
La seducción inherente en estos vínculos es sutil e insidiosa e interfiere con
la capacidad para las relaciones con otras personas y para una vida sexual plena
en la etapa adulta.
Cuando niños tanto satisfacen las necesidades de los padres que se avergüenzan
de sus propias y legítimas necesidades. No se sienten con derecho, temen que
exigirlos les haría perder el amor de sus padres.
Un niño inmerso en una familia disfuncional con padres en conflicto está
dominado por una sensación de miedo y abandono, piensa que si suma sus propias
necesidades a las que observa en sus padres terminará por ser rechazado y el
abandono que ya percibe se acentuará llevándolo a una situación que no podrá
tolerar.
En una relación incestuosa encubierta el padre o la madre hacen partícipe al
hijo-a de la mala relación que tienen con su esposa u esposo, de las
dificultades, de la soledad que sienten, de la amargura e insatisfacción con el
matrimonio y su vida sexual. Estos que son temas comunes en las discusiones de
la pareja afectan al niño-a, este se siente incómodo, confundido pero, como
decíamos antes, se ve en la necesidad de tomar partido y acude al rescate del
padre o de la madre. Ambos padres son participantes activos en esta relación
incestuosa encubierta, tremendamente frecuente en toda familia en la que la
relación matrimonial sufre deterioros mayores.
Cuando llegan a adultos estas vivencias infantiles no elaboradas definen
conductas que dificultan su propia vida en pareja y a menudo son causa de
separaciones. Siguen ligados a una relación enferma que no les permite la
discriminación con su familia de origen y dañan sus nuevas relaciones por no
poder separar lo que corresponde a las vivencias pasadas con sus padres y la
relación presente con ellos, de lo que corresponde a la nueva familia: su pareja
y sus hijos.
A menudo los mandatos y pautas culturales que definen las relaciones y
obligaciones entre padres e hijos confunden y obligan a sacrificar la propia
vida para satisfacer requerimientos que tienen más que ver con el que dirán que
con lo que debe ser una relación adulta y madura.
Entender estas dinámicas familiares es de fundamental importancia para poder
llegar a las raíces de las dificultades que sufrimos y debemos enfrentar en la
vida adulta, mi práctica profesional me ha permitido observar muy buenos
resultados mediante el trabajo grupal de Encuentro con Nuestro Niño Interior.
Lic. Matilde Garvich
Descargado de la Web Oficial de
la Lic. Matilde Garvich
www.ninointerior.com
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