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Me acerco a
ti, hermano...
Con el religioso respeto con que se ingresa a un
templo; con la cálida ternura con que se
acaricia a un niño; y con la cuidadosa
delicadeza con que se cura una herida, me acerco
a ti, hermano que estás de duelo y sufres el
desgarrón de la despedida, provocado por la
muerte, para entregarte estas simples palabras.
Algunas te servirán de alivio y de consuelo
otras te irritarán, ¡seguramente!, porque no
dicen lo que tú sientes ahora. No te impacientes;
acéptalas como indicadoras de un camino, que hay
que recorrer con tiempo, y no como preceptoras
de un deber que ya debieras haber cumplido.
Si algo te choca hoy, déjalo, y tal vez lo leas
mejor mañana.
Estas palabras mías no te dirán lo mismo en los
comienzos, en el medio o al final del largo
camino de tu duelo.
Tú tienes por delante un camino largo y
doloroso, y el presentarte la meta no es para
impacientarte, ni para reprocharte pomo haber
llegado, sino para alentarte a seguir andando.
Tú caminas por tu desierto y el sol y las arenas
enardecen tu sed; si yo te hablo de un oasis no
es para culparte
por no haberlo alcanzado, sino para alentar tus
pasos. ¡Tal vez concluyas tu duelo cuando
estemos de acuerdo, y hayas encontrado el
oasis..!
Junto con lo escrito, estas páginas tienen
espacios en blanco. Riégalos con tus lágrimas,
llénalos escribiendo lo tuyo, lo que pienses y
lo que sientas, tus propuestas, tu dolor, tus
enojos y tus rebeldías..; y, en su momento,
también tu aceptación y tu alegría.
quisiera compartir contigo...
Amigo:
tu propia muerte te asusta,
y la muerte de tus seres queridos te duele.
No voy a escribir una sola palabra para superar
tu miedo o suprimir tu dolor, porque no tengo
esa palabra mágica.
Tu verás cómo enfrentar tu propia muerte.
Yo sólo quisiera compartir contigo algunas cosas
simples, para que te duelas sanamente y hagas tu
dolor más llevadero, ante la muerte de los tuyos.
Y eso es todo.
Que te duelas, dije, sanamente, a causa de tus
muertos, que te deprimas un tanto y un tiempo,
pero no que no puedas vivir, que te dejes morir
porque murió tu madre, tu padre o tu hermano, tu
esposo o tu esposa, tu hijo o tu amigo... Yo
quisiera ayudarte, si me es posible y si tú
quieres, a que sufras sanamente, para seguir
viviendo; porque he visto a muchos MORIRSE CON
SUS MUERTOS.
Tus muertos ya murieron, y en tu mente ya lo
sabes. Pero tu corazón necesita tiempo para
saber y aceptar que ya partieron. Por eso tu
dolor resurge como nuevo, ante esa mesa familiar
donde un lugar quedó vacío, en esa Navidad donde
alguien falta, en ese nacimiento sin abuelo, en
ese año nuevo en que se brinda y alguien ya no
levanta la copa...
Así es el corazón humano:
siempre vive de a poco lo que la razón sabe de
golpe. ¡Para la mente los muertos mueren una vez;
para el corazón mueren muchas veces...!
resucitarán “para ti”...
• Tus muertos resucitarán “para ti”, cuando
hayas aceptado que “murieron para ti”; sólo los
recuperas en su regreso, cuando aceptaste su
partida. ¡No es posible la alegría del
reencuentro, sin sufrir el dolor de la despedida!
• No te mueras con tus muertos; ¡llora la
siembra de ayer con la esperanza puesta en la
cosecha de mañana!
• Acepta que la muerte de tus seres queridos te
despierta mucha rabia, aunque no sepas por qué y
aunque no quieras sentirla. Tu resistencia ante
la muerte te hace rebelarte, aunque no sepas del
todo contra quién hacerlo... ¿Contra Dios...?
¿Contra tus muertos...porque te abandonaron?
¿Contra...?
• No te mueras con tus muertos; ¡déjalos dormir
su tiempo como duerme la oruga en la crisálida,
esperando la primavera para hacerse mariposa!
• Dios no es menos Dios, más justo o más injusto,
más bueno o más malo, cuando naces que cuando
mueres.
O crees en El siempre, o no crees nunca;
pero una cosa es creer en El y otra es creer en
tus explicaciones.
¡Ante la muerte se acaban tus explicaciones!
• No te tortures sintiéndote culpable ante tus
muertos. ¡Los muertos no cobran deudas! ¡Además,
si hoy resucitaran, volverías a ser con ellos
como fuiste! ¿O no sabías con certeza que un día
iban a morir?
• No te mueras con tus muertos; ¡muéstrales más
bien, que como el árbol podado en el invierno,
lejos de morirte, retoñas vistiendo tu desnudez,
devolviendo frutos por heridas!
• Acepta y date cuenta, que tus muertos te
plantean un serio desafío: el de tener una
respuesta para el sentido de tu vida. Porque
mientras no sabes para qué murieron ellos,
tampoco sabes para qué vives tú. ¿O no piensas
morir?
...la vida y la esperanza.
• Ante tus muertos queridos tu corazón tiene mil
interrogantes y tu razón, ninguna respuesta.
Resolverás mejor la cosa, cuando preguntes menos
y aceptes más.
• Las flores que regalas a tus muertos hablan de
la vida y la esperanza.
También en tu corazón duermen la vida y la
esperanza, esperando que tú las despiertes
para seguir viviendo esperanzado.
• No te mueras con tus muertos; ¡míralos marchar
por su camino, hacia su meta, y aprende la
lección que ellos te dejan, diciendo que tu
andar de peregrino, también tiene un final, al
que te acercas...!
• Más que con la frialdad de los mármoles, más
que con suntuosos monumentos y grandilocuentes
discursos, honra a tus muertos con una vida
digna. ¡Piensa qué esperas para ti cuando hayas
muerto!
• Aprende de tus muertos una lección para la
vida:
es mejor amar a los tuyos mientras viven, que
quitarte culpas por no haberlos amado, cuando ya
se fueron.
• No te mueras con tus muertos; ¡despídelos,
como despides las aguas del río que van al mar,
sabiendo que volverán mañana nubes, y serán
lluvias sobre tu rostro!
• Así como los cirios encendidos se queman y
derriten dando luz y calor en la despedida de
tus muertos, que tu corazón no se derrita en
vano, quemándose en el fuego del dolor sino que
arda en las llamas del amor y en la luz de la
esperanza.
• No te mueras con tus muertos; ¡vive este
invierno de dolor, que te desnuda como
quitándote la vida; pero, recuerda que la savia
duerme para retoñar y florecer en primavera!
• Parte del dolor que te golpea, cuando despides
a tus muertos, se debe a una pregunta que golpea
en tu interior, interrogando por el sentido de
la vida. Si respondes de verdad, sincera y
frontalmente, gracias a la muerte de tus muertos
tú vivirás más plena y auténticamente.
¿porqué apenarte...
• ¿Sabes que, cuando lloras a tus muertos,
lloras por ti y no por ellos? Lloras porque los
perdiste, porque no los tienes a tu lado. Porque,
si todo concluye con la muerte, tus muertos ya
no están, ni siquiera para sufrir por haber
muerto; y si la vida continúa, más allá de la
muerte, ¿por qué apenarte por tus muertos?
• Cuando hayas terminado de aceptar que tus
muertos se murieron, dejarás de llorarlos y los
recuperarás en el recuerdo, para que te sigan
acompañando con la alegría de todo lo vivido...
• No te mueras con tus muertos; ¡recuerda
que donde ardió el fuego del amor y de la vida,
debajo de las cenizas muertas, quedan las brasas
esperando el soplo, para hacerse llamas!
• Si dices que, sin tus muertos, tú no puedes
seguir viviendo, no digas que es porque los
amabas tanto, sino por cuánto los necesitabas,
(y no es lo mismo amar que necesitar). Si lo
aceptas así, tal vez descubras, para tu
crecimiento, que tu vida consiste en ser tu vida...
¡y no en la de los otros!
• No frenes tus lagrimas cuando llegan, ni
fuerces el llanto cuando se alejan. No dejes de
llorar
porque alguien lo reprueba, ni te obligues a
llorar porque si no: “¿Qué dirán los otros?”
Respeta tu dolor y tu manera de expresarlo.
• No te mueras con tus muertos; ¡déjalos partir,
como parten las golondrinas en otoño, para
anidar
en otros climas y volver más numerosas y
crecidas, en otra primavera!
• Las lágrimas que ocultas, el dolor que
escondes
y la protesta que callas, no desaparecen:
quedan al acecho del momento en el que puedan
estallar.
Y es mejor que lo vivas todo a su tiempo y en su
hora.
• Es común que las personas guarden buena
cantidad de culpas para reprocharse ante sus
muertos. ¡No lo hagas contigo!
Tus muertos no ganan nada con tus insomnios de
remordimientos. Ámalos ahora; recuérdalos con
amor, y, quizás, sí ganen algo...
...como otro nacimiento
• Tú y yo sólo vemos una cara de la muerte, la
del otro lado se nos escapa. Si desde el seno de
tu madre hubieras visto nacer un hermano, creo
que lo hubieras llorado como muerto, hasta nacer
tú y reencontrarlo. ¿Qué sentirías si miraras la
muerte como otro nacimiento...?
• No te mueras con tus muertos; ¡déjalos que
vayan como esta semilla que se lleva el viento,
no por el capricho de llevarla, sino para
sembrarla en algún lado, aunque tu no sepas
dónde!
• No te castigues, encaprichada y resentidamente,
prohibiéndote gozar de la vida porque perdiste
un ser querido. Tu tristeza te destruye a ti,
sin beneficiar a tus muertos. Y, cuando ellos
partieron, no se llevaron consigo tu derecho a
gozar de la alegría de la vida.
• Tus muertos tenían sus falencias; no sigas
culpándolos por tantas cosas... ¡Los muertos no
pagan deudas!
Perdónalos, si es necesario hacerlo, dejándolos
en paz a ellos y liberándote tú para vivir tu
vida.
...a la hora de cosechar
• Tus muertos no están en el cementerio. Nunca
estuvieron ahí, salvo cuando estaban vivos. ¿Me
preguntas donde están...? Y no puedo responder
por ti. Yo sé dónde están “para mí” los míos;
pregúntate tú a ti mismo dónde crees que están
“para ti” los tuyos.
• El cementerio es como un surco donde se
arrojan las semillas. Ningún sembrador vuelve a
remover la tierra para buscar las semillas ya
sembradas; regresa al campo a la hora de
cosechar espigas...
• No te mueras con tus muertos; ¡diles tu
adiós!, esperanzado, como despides el sol en el
ocaso, la luna y las estrellas en la aurora,
sabiendo que a su turno y a su hora, todos
volverán hacia tu encuentro.
• Estos días de dolor profundo, grises de
tristeza, de soledad y de silencio, son como el
tiempo del invierno para las plantas... Pero
confía en la vida, ¡que es siempre más fuerte
que la muerte!, para que retoñe tu alegría y
florezcan tus ganas de vivir.
...que te contagien su alegría...
• No te rebeles frente a la alegría ajena.
No pretendas que todos se mueran con tus
muertos;
que cada uno lleva su peso con llorar los suyos.
Y es mejor para ti que te contagien su alegría
y sus ganas de vivir, y no se hundan contigo
en el pozo de tu pena.
• No te mueras con tus muertos; ¡llévalos vivos
en tu amor y vive con ellos en tus recuerdos!
¡Sería triste y penoso que tu te dejaras morir y
ellos
siguieran viviendo...!
• Mientras esperas que tus muertos regresen como
si no hubieran muerto, les impides volver de
otra manera, a ocupar un lugar en tu corazón y
en tu recuerdo. Es una ley de la vida: no se
goza el despertar de la aurora sin pasar por la
muerte del ocaso.
andando tu camino...
• Tus muertos se van por una puerta, que tú no
puedes trasponer, ¡ahora!, porque se cerró tras
ellos. ¡No los esperes ahí...! Despídelos, para
que puedas correr, y espéralos llegar por otra
puerta, ¡al final de tu duelo!
• Si buscas un camino para reencontrarte con tus
muertos, no lo busques, llorando, en tu pasado;
búscalo, más bien, esperanzado, andando tu
camino, hacia el futuro.
¡acepta la muerte y punto!
• ¡Deja de culparte! Que si le hubiera dicho...
Que si le hubiera hecho... Que si hubiera
sabido... Que si...
¡Todas torturas, inútiles para ellos y crueles
para contigo! Además, “si hubiera sido así”,
“si hubieras hecho eso...” hoy te reprocharías
no haber hecho lo contrario.
¡Acepta la muerte, y punto!

Yo soy la resurrección y la vida
Si desde la fe cristiana te interesa escuchar
la Palabra de tu Maestro, para iluminar el
camino de tu duelo:
Dijo JESÚS DE NAZARET:
• “Yo soy la resurrección y ¡a vida. El que crea
en mí aunque muera, vivirá”.
Jn.11,25
¿Puedes creer que tus muertos viven?
• “Les puedo asegurar que si el grano de trigo
que cae en la tierra no muere, queda solo; pero
si muere da mucho fruto”.
Jn. 12,24
¿Puedes creer, que después de la muerte, se
puede vivir más intensamente que antes?
• “Jesús dijo a los que tocaban música fúnebre:
“Retírense, la niña no está muerta, sino que
duerme”.
Mt. 9,23-24
¿Puedes creer que la muerte es como un sueño,
del que se despierta a una Vida Nueva?
• “Deja que los muertos entierren a sus muertos;
tú ve a anunciar el Reino de Dios”.
Lc. 9,60
¿Puedes despedirte de tus muertos
y continuar tu vida por un camino de esperanza?
• “Les aseguro que se acerca, y ya ha llegado,
la hora en que los muertos oirán la voz del Hijo
de Dios; y los que la oigan, vivirán”.
Jn. 5, 25
¿Puedes creer que tus muertos
oyeron una voz que los llamó a la Vida?
• “El agua que yo les daré se convertirá en un
manantial que brotará hasta la Vida eterna”.
Jn. 4, 14
¿Puedes creer que la Vida que Dios te dio durará
para siempre?
• “Dios no es Dios de Muertos sino de
vivientes”.
Mc. 12, 27
¿Puedes creer que tu Dios es un Dios que da la
vida para siempre?
• “Esta es la voluntad de mi Padre: que el que
ve al Hijo y cree en El, tenga Vida eterna y que
yo lo resucite en el último día”.
Jn. 6, 40
¿Puedes creer que habrá un día último para la
historia, y que después seguirás viviendo?
• “El que cree en el Hijo, tiene Vida eterna”
Jn. 3, 36
¿Puedes creer que la Vida que tienes durará para
siempre?
• “Sí, Dios amó tanto al mundo que entregó a su
Hijo único para que todo el que cree en El no
muera.”
Jn. 3, 16
¿Puedes creer que Dios quiere que vivamos para
siempre?
• “Yo soy la Luz del mundo. El que me sigue no
andará en tinieblas sino que tendrá la luz de la
Vida”.
Jn. 8, 12
¿Puedes creer que las sombras de la muerte,
serán vencidas por la Luz de la Vida?
René Trossero.

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