Perder a la persona amada

 
 


No hay tristeza más profunda que la que se experimenta al perder a la persona amada, sobre todo cuando se rompe el sentimiento que los unía… porque es demasiado doloroso verla y no tocarla, saber que alguna vez se tuvo y no poder recuperarla… es un dolor muy diferente cuando es la muerte la que separa, porque el sentimiento permanece para siempre y le da fortaleza y resignación al alma…

Así mismo es indescriptible, la paz que se experimenta cuando se es capaz de ofrecer o recibir perdón, porque sabemos que en ello está el enorme paso a la milagrosa reparación y restauración; no existe más alegría para el corazón que la de saber que se ha podido recuperar lo que se creía perdido o se nos regala otra oportunidad para volver a abrazar al verdadero amor o al mejor de los amigos…

Es por eso que cuando el pastor pierde su oveja, deja las 99 para ir en busca de la que está perdida y no regresa hasta encontrarla; porque se vive demasiada frustración y agonía, sentir que perdimos aquello que se nos ha confiado, lo que más hemos querido, lo que tanto hemos cuidado …

Es inigualable la alegría que experimenta el Padre cuando contempla el regreso de aquel hijo que se extravío, aunque los otros permanezcan a su lado, no deja de llorar y rezar por aquel que se marchó… y cuando lo ve venir a lo lejos, no duda de salir a su encuentro, porque recuperó al hijo perdido y lo vio de nuevo vivo cuando creyó que había fallecido.
No hay dolor más grande que la pérdida, de la verdadera amistad y del amor

 sincero, así mismo de aquel regalo que alguien especial nos hizo o del objeto material que con tanto esfuerzo y dedicación pudimos adquirir … hasta nos sentimos capaces de renunciar a todo lo demás, como a nuestros egoísmos y nuestra vanidad, vencer los resentimientos, cambiar u ofrecer a cambio algo quizás de mucho más valor material, con tal de recuperar eso que tanto significaba para nosotros y que nos duele demasiado saber que ya no le tenemos más.

Es mágica la alegría que se experimenta al recuperar, restaurar y sanar… cuando por fin se logra el perdón de aquella persona a la que se le falló, cuando se ve regresar ese sentimiento que creímos se perdió… cuando se puede volver a tocar aquello que se nos extravió; en todo ello respiramos profundo, sentimos una gran emoción que nos desprende lágrimas con el sabor agridulce de la reconciliación, reparación y sanación…

Cada día que se nos regala es una nueva oportunidad que se nos da, para valorar lo que tenemos y tanto amamos, para ser dóciles y humildes en ese proceso de reparar, recuperar y sanar; para ser capaces de amar tan intensamente que logremos ofrecer y recibir la magia del perdón, porque nada causa más tristeza y dolor que perder lo que se tenía, la confianza que algún día alguien nos brindó, la amistad sincera que se nos ofreció, el amor verdadero que se nos profesó, la persona que más amamos y la que más nos supo amar, el calor de hogar…
No podemos rendirnos nunca en la lucha por recuperar, sanar, reparar, sentir la fuerza para pedir perdón y experimentar tanto amor que sea capaz de perdonar… cuando se logra esa sanación y restauración, cuando sientes que has encontrado lo que creías perdido y ha renacido el sentimiento que pensaste había muerto… experimentas tanta alegría, gozo y emoción como la que se vive en el cielo cuando se toma de la mano de Dios aquel que lo había soltado y se había extraviado pero que ahora ha vuelto…

No esperes perder para valorar lo que tienes, no te rindas en reparar ni tengas miedo de regresar, recuerda que Dios cada día te regala una nueva oportunidad… ¡Animo, aún estás tiempo!...


 
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