"Al
hacerse "viejo" necesitará usted cuatro cosas: dignidad,
dinero, unos buenos servicios médicos y un trabajo útil. Son
exactamente las mismas cosas que ha necesitado durante toda
su vida. Si la situación sigue como hasta ahora, no las
conseguirá, pero no existe ningún mandato divino que le vede
el hacerlo. En consecuencia, o pone usted desde este momento
las bases para garantizárselas en el futuro o trabaja para
forzar a la sociedad a modificar su actitud; o mejor aún,
hace ambas cosas al mismo tiempo".
(A.Comfort:
Una buena edad.)
|

E n principio, hay que admitir el envejecimiento supone un cierto deterioro
físico, una involución de los órganos y sus funciones que a la larga acabará con
nuestras vidas. Las investigaciones para intentar retrasar o “desacelerar” este
proceso involutivo, con la meta de prolongar no solo la vida sino la calidad de
la misma, se están desarrollando en todos los países avanzados, siendo
presumible que se
logre alcanzar en un futuro no muy lejano. Los resultados son
ya más alentadores en el tratamiento de las “enfermedades seniles”, sobre todo
las cardiovasculares, tumores y malnutrición. Los chequeos periódicos y las
normas establecidas de higiene vital son dos magníficas herramientas de las que
disponemos para conservar nuestra salud. Habrá que luchar, por otra parte, cada
uno dentro de sus posibilidades, por el logro de un adecuado desarrollo de la
asistencia geriátrica integral.
Pero si el envejecimiento biológico es algo tangible, objetivable, la vejez es,
tal y como se nos describe en la actualidad, una especie de ente imaginario, sin
más base real que todo un conjunto de mitos y prejuicios, impuestos por
presiones económicas y sociales, que es preciso desterrar. Resulta innegable que
la mayoría de los senescentes se encuentran- nos encontraremos, si no lo
remediamos-con una disminución de los recursos económicos, debido a la
jubilación y a la exigüidad de las pensiones. Por tanto, no estará nada mal
hacer en un momento dado un balance de nuestra situación económica y financiera
y pensar como podemos mejorar la cara a nuestra ancianidad. Y esto, tanto
personal como socialmente.
Dado el peligro, siempre acechante en la vejez, de caer en estado de soledad y
aislamiento, será preciso hacer también un balance de nuestra situación
familiar, de nuestras amistades y relaciones humanas para, en caso de estar “en
déficit”, incrementarlas convenientemente.
El otro gran problema que nos espera es el de la pérdida del trabajo y, dada la
importancia que este ha adquirido en la sociedad occidental, el de la posible
pérdida de nuestro proyecto vital. Habrá que formularse antes de llegar a ese
momento nuevos proyectos, nuevos centro de intereses, otras vinculaciones
sociales. Ciertamente este es uno de los escollos más difíciles de superar que
encontraremos, dada la rigidez con que suele estar planteada nuestra vida,
fijados a determinados roles o actividades sociolaborales y a identidades
impuestas. Hay que rebelarse tempranamente contra esta rigidez y plantearse la
posibilidad de desarrollarnos y gozar en actividades culturales y, si es posible
y los juzgamos necesario, cambiar no solo de actividad sino de estilo de vida.
Si vivimos la existencia como algo impuesto, ello supondrá un freno a nuestra
realización personal. Muchos tratan de escapar de esta situación llevando una
“infravida” paralela y secreta, mantenida frecuentemente con gran esfuerzo. Así,
para algunos la diversión es más importante que su propia profesión, las
relaciones extramaritales más cruciales que su propio matrimonio o la vida de su
hijo más esencial que la suya propia. Otros tratan de huir llevando una “pseudovida”,
una vida estéril, vacía, rígida y poco comprometida en la que se limitan a
actuar, a “jugar un papel”. Hay quienes adoptan una vida de “callada
desesperación” y quienes simplemente desaparecen. Con razón ha señalado Simone
de Beauvoir que habrá que “vivir una vida de hombre lo bastante comprometida, lo
bastante justificada como para seguir a pegado a ella incluso cuando se han
perdido todas las ilusiones y se ha enfriado el ardor vital”.

Queda, por supuesto, contestar a esa gran interrogación que suele plantearse en
la vejez con más frecuencia que en otras etapas de la vida: ¿Qué hay después de
la muerte?. Incluso los que manifiestan no tener gran interés por saber lo que
nos espera tras la muerte, arguyendo que tampoco saben de donde vienen, no dejan
de experimentar un cierto grado de ansiedad ante esta pregunta. Pero, como ya
vimos, y al margen del consuelo que se pueda encontrar en cualquier tipo de
creencia religiosa o idea filosófica, la mejor respuesta que todas las personas
podemos dar al reto de la muerte es la aceptación plena y creativa de la vida.
Textos de La vejez y
sus mitos de Jesús Sánchez Caro y Francisco Ramos. Aula abierta Salvat.
Colección Temas Claves.

|