Sobrevivir a la violencia
 

 

 

El siguiente artículo nos permitirá entender mejor la violencia, cómo funciona y entendiendo esto sabremos cómo prevenirla mejor. Por violencia podemos entender cualquier acto donde el objetivo es dañar a otra persona física o psicológicamente. Aprender cómo actuar ante ella es fundamental en una sociedad moderna que, en ocasiones, funciona con las leyes de la jungla y donde todos somos susceptibles de vivir contextos de violencia; ya sea como testigos, víctimas o como verdugos.

Virginia Robayna es la autora del artículo que sigue. Ha trabajado durante 4 años en centros de medidas judiciales, lo que antes se conocía como "reformatorios", en estos centros jóvenes adultos cumplen condena por crímenes que cometieron siendo menores de edad. Virginia ha tenido que entender la violencia para poder intervenir y mediar en estos centros donde la violencia está presente de forma constante, en todas sus formas. Su experiencia y aprendizaje en estos centros ilumina el siguiente artículo.




Sobrevivir a la violencia.

La violencia es un tema cotidiano para nuestra sociedad. La abordamos desde la prensa, criticando su aumento dentro de las escuelas. Creamos programas de prevención y de ayuda a las víctimas. Está presente en la cultura del ocio a través de videojuegos y películas, por no mencionar la televisión, donde desde el telediario a las series golpes y muertos ya no sorprende a nadie. Sin embargo invertimos muy poco en reflexionar que hacer cuando convivimos con ella. Por supuesto, lo más lógico es alejarnos de este fenómeno, pero si esto le resulta complicado a las mujeres maltratadas, mucho más lo es para los niños, o por poner un ejemplo más cotidiano, para el empleado acosado por su jefe.

Y es que la violencia está presente de manera constante en nuestras vidas. Forma parte del ser humano y ha sido una de las herramientas más útiles para nuestra supervivencia como especie. Para entendernos, cuando un lobo intentaba comernos, allá por la prehistoria, nos defendíamos a golpes. Esta estrategia por supuesto resultaban mucho más práctica que el diálogo, dadas las circunstancias.
Ahora bien, si mientras tú te defendías del lobo, el resto de la tribu se dedicaba a pintar en las paredes, tus posibilidades de acabar formando parte de un sano almuerzo eran muchas. Este hecho fomento la colaboración y la solidaridad, bajo la premisa, hoy te ayudo yo con tu lobo, mañana tú con el mío. Por lo tanto también hemos sabido incorporar una serie de habilidades positivas a la hora de enfrentarnos a las dificultades, y más concretamente, al peligro.

Hoy por hoy, esta conjunción de características, aparentemente contrapuestas, sigue existiendo, pero la forma de gestionarlas se ha vuelto mucho más compleja. Las agresiones ya no provienen de un ser que todos podemos identificar sin ningún desacuerdo, como dañino. Muchas veces se dan incluso dentro de lo que normalmente consideramos nuestro “entorno seguro”. Nuestro hogar, nuestro lugar de trabajo o nuestro círculo sociofamiliar dejan de ser sinónimos de seguridad y se convierten en fuentes de miedo y dolor.

El siguiente ensayo, dividido en dos partes, pretende ser una reflexión práctica de cómo hacer frente a la violencia cuando nos ataca directamente, convirtiéndonos, al menos por un tiempo, en víctimas. Busca abrir una puerta a la resiliencia, esa extraña cualidad por la que algunas personas logran convertir su experiencia en las circunstancias más adversas, en fuente de inspiración y desarrollo personal, tanto para ellos mismos, como para los demás. Con esto no estamos propugnando que sea un camino ideal o grato para crecer como personas. Ni tan siquiera planteamos que las ideas que ofrecemos sean una panacea. Se trata más bien, de una vez asumido que todos, se un modo u otro, nos veremos expuestos en algún momento a la violencia, lograr construir una vía para evitar que esta nos arrase interiormente. Siguiendo en esta línea, trataremos de dar pequeñas claves a las que aferrarnos.




La peor secuela de la violencia es el sentimiento de desesperanza. Las heridas cicatrizan, el jefe que nos humilló puede acabar siendo despedido, el padre que golpea, detenido…, pero la falta de fe en el ser humano, y consecuentemente en uno mismo, no desaparece cuando lo hace la violencia,. Lo que es peor, afecta no solo a las víctimas directas, sino a los que contemplan como esta es agredida, sin poder, o sin atreverse a hacer nada. Esta falta de fe es además una enfermedad ponzoñosa que nos inhabilita para la vida. Para resistir su contagio cuando estamos en medio de la vorágine de la violencia, se ha creado el siguiente decálogo.

Decálogo contra la desesperanza o pequeños salvavidas mientras estamos sufriendo la violencia.

1) Un agresor jamás te ataca realmente a ti, sino a sí mismo.


Las personas atacamos cuando tenemos miedo de algo. Si tenemos miedo de nuestra debilidad, buscaremos a alguien que nos parezca menos fuerte que nosotros para reforzarnos. Y si necesitamos justificarnos, no importa, siempre es posible encontrar una razón. Por ejemplo podemos decidir odiar a los rubios. Cierto puede que al que peguemos sea aparentemente pelirrojo, pero nosotros sabremos que en su corazón es rubio.


2) Aférrate a los pequeños gestos de humanidad.

Cuando un ambiente estandariza la violencia hasta volverse tóxico debes centrarte en esos detalles insignificantes que contradicen al odio. Puede ser la sonrisa de un desconocido, o alguien que en medio de su propio dolor te pregunta como te encuentras tú. Lo cierto es que aunque lluevan bombas, siempre queda alguien capaz de compartir su calidez. Esta norma, pese a su aparente cursilería, es vital, ya que esta es la mejor manera de recordarnos que existen maneras de convivir alternativas a la violencia, y evita que sin darnos cuenta un día el espejo nos devuelva la cara de un verdugo.

3) Sobrevivir no es humillarse.

Si tu sentido común te dice que lo mejor ante una agresión es ceder, cede en la apariencia, pero no en espíritu. Se puede aprisionar el cuerpo, pero el alma y el pensamiento siempre encuentran la forma de escapar. Si tú jefe te insulta, y tú decides aguantarlo porque necesitas el empleo, no te estas degradando, estas luchando hasta que encuentres otro trabajo.


4) Usa la rabia a tu favor, y no en contra de los demás.

Esa furia, ese deseo de venganza, son una fuerza muy poderosa. Agarrate a ella y pelea para conseguir la paz a la que tienes derecho.



5) Relaciónate con los que viven fuera de tu mundo de violencia.

En la calle, en el ordenador o con la señora de la tienda. Cuéntales lo que te pasa, y si te acusan de exagerar, no te ciegues en tu dolor. Piensa que simplemente hay un mundo donde lo que tu has visto y vivido, es inconcebible, y que tú puedes formar parte del mismo.



6) Vence la indiferencia.

El dolor puede volvernos frío. No se lo permitas. Haz que se convierta en la sabiduría que algún día te permita crear un espacio donde nadie, empezando por ti, sufra de ese modo.



7) Recuerda lo que nadie puede quitarte.

Cada día hay cien mil placeres que te hacen único. Puede ser la música que escuchas, tu debilidad por el helado de fresa o el recuerdo de tu playa favorita. Esas cosas son solo tuyas, y nada de lo que ocurra a tu alrededor podrá eliminar la capacidad de amarlas.



8) Riéte.

Usa el sentido del humor. A veces la única forma de conservar la cordura es comportarse como un loco. Riéte de ti mismo, del que te arremete o del mundo, pero conserva tu risa intacta, para que cuando todo pase, puedas usarla con toda su fuerza.



9) Ama.

A ti mismo, o si no puedes, a tu perro, a la araña que se ha instalado en tu despensa o la planta del balcón. El odio brota fácil, pero la capacidad de amar hay que cuidarla.



10) Aléjate y sueña

A la menor oportunidad huye de ese entorno de violencia. Si no puedes hacerlo físicamente, márchate a tu interior. Crea un refugio en tu mente donde estar a salvo. Imagina el futuro que deseas, porque el presente siempre se acaba. Convierte tus sueños en la luz que te guíe hacia donde deseas y mereces estar.

 

 

 

 

Cris Carbone